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miércoles, 9 de enero de 2013

Los que se quedan por el camino

Es la idea de que tanto en el tiempo como en el espacio dejamos atrás a personas como por propia voluntad y por ello cometemos una falta y quedamos en deuda con ellos; los muertos, los abandonados... al menos queremos rendirles homenaje.

(John Updike. Conversaciones con los escritores, The Paris Review)

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jueves, 29 de noviembre de 2012

pasas de los bizcochos

Ent.: En "The Sea's Green Sameness" dice usted que la caracterización y la psicología no son las metas primarias de la narrativa de ficción. ¿Qué es más importante, en su opinión?

J. U.: Escribí "The Sea's Green Sameness" hace varios años y quise decir, creo, que las narraciones no deben ser primariamente informes de inspecciones psicológicas, aunque pueden contenerlas como hay pasas de los bizcochos. Pero la sustancia es la masa que alimenta el apetito de historias, el apetito de movimiento, de suspense, de solución. El orgullo más profundo del escritor, tal como yo lo he experimentado no es su sabiduría incidental, sino su habilidad para mantener una masa organizada de imágenes moviéndose hacia adelante, sentir cómo la vida se engendra a sí misma bajo sus manos. Pero, sin duda, la literatura de ficción también es un modo de espiar; leemos de la mism manera que miramos a través de las ventanas u oímos chismes, aprendiendo así lo que los demás hacen. Las miradas interiores de todo tipo son bienvenidas, pero ninguna sabiduría puede sustituir al instinto de la acción y de la forma, ni tampoco a un deseo quizás salvaje de retener, a través de la propia voz, a otra alma como esclava.


(John Updike, Conversaciones con los escritores, The Paris Review)

un poco de cine

Ent.: ¿Piensa que hay posibilidad de que el novelista se sienta en desventaja, de que la instantaneidad y totalidad de la imagen la obliguen a esforzarse por ponerse al día? ¿Nunca ha sentido esto?

J. U.: Sí, por supuesto. Estamos sedientos de éxito, de aliento de la atracción. En verdad, una película no requiere mucho trabajo; se vierte hacia nuestro interior, nos llena como la leche llena un vaso, mientras que se necesita cierto esfuerzo mental para convertir un montón de signos mecánicos sobre una página en imágenes vivientes y con movimiento. Así que, en efecto, el poder del cine, su increíble poder, de la estupidez a la genialidad, nos cautiva, nos hipnotiza... lo que no sé es si tan importantes son para el arte del novelista los intentos e imitar esta instantaneidad, este paso incesante de imágenes. Pienso que la novela se deriva de dos fuentes: los escritos históricos y las cartas.


(John Updike. Conversaciones con los escritores, The Paris Review)

un poco de teatro

Ent.: Usted ha publicado obras en todos los géneros literarios excepto el drama. ¿Por qué no ha trabajado este género?

J. U.: Nunca me han gustado mucho las comedias; siempre parecen tener un acto de más y a menudo no las oigo bien. Recuerdo la última comedia que fui a ver, a Delicate Balance; me senté cerca de la pared y los camiones seguían cambiando de velocidades fuera, por lo que me perdí la mayor parte del diálogo. La irrealidad de ver gente con la cara pintada repitiendo cosas que se han venido diciendo durante meses sobre una escena es más de lo que puedo soportar. Además pienso que el teatro es una arena movediza de dinero y gente con empuje. Harold Brodkey, un espléndido escitor de mi edad, pasó cinco años escribiendo una comedia que nunca se presentó. Desde Twain y James hasta Faulkner y Bellow, los novelistas metidos a dramaturgos siempre han terminado mal. Un novelista no está mejor preparado para escribir teatro que un corredor de fondo para el ballet. Una comedia es un ballet verbal; y quiero incluir en esa ecuación algunas serias reservas en cuanto al ballet. Si no se hace perfectamente, se vuelve muy cansado. La capacidad de mímesis de una comedia es sólo una parte respecto de la de una novela. Shakespeare, y Shaw en menor grado, escribieron sus comedias como ejercicios para actores que ya conocían; así, sin Will Kempe no habría habido Falstaff. Sin esta especie de intimidad se reduce las posibilidades de llevar la vida a la escena. Considero que el teatro americano es, a ambos lados del telón, sólo una excusa para ser sociable.


(John Updike. Conversaciones con los escritores, The Paris Review)

dios o Dios

Ent.: ¿A qué se refiere al atribuir la creación de comunidades religiosas en Couples a la destrucción de nuestras iglesias por Dios?

J. U.: Creo que el sustantivo "Dios" reaparece en dos acepciones totalmente diferentes; al dios del primer ejemplo se le rinde culto en esta bonita iglesia blanca, es el dios puritano, más o menos deslavazado; y, por otra parte, el segundo sentido de dios significa un último poder. Nunca he acabado de entender las teologías que absuelven a Dios de los terremotos y huracanes, de la muerte infantil por inanición. Un dios que no es Dios Creador no me parece muy real; así que, claro, es Dios quien arroja el relámpago, y este Dios se encuentra por encima del buen dios, del dios al que podemos adorar y con el que podemos relacionarnos. Me imagino que esto significa que existe n Dios fiero por encima del Dios bueno, y es en ese dios en el que cree Piet.


(John Updike. Conversaciones con los escritores, The Paris Review)

miércoles, 28 de noviembre de 2012

cabeza humeante

Ent.: Bueno, usted no sólo es un escritor, sino que además es famoso. ¿Ve alguna desventaja en el hecho de serlo?

J. U.: Se me hacen demasiadas entrevistas. Trato de impedirlo, pero ya una sola entrevista es demasiado. Por más que intentes ser honesto y completo, las entrevistas son intínsecamente falsas. Hay algo terriblemente erróneo en el hecho de comprometerme ante esta máquina y con a versión que usted hará de lo que salga de ella; quizas esté usted sordo y la máquina averiada. Todo lo que sale de ella está unido a mi nombre, y sin embargo no se trata de mí. Mi relación con usted y mi manera lineal de hablar son distorsionantes. En cualquier entrevista dices más o menos de lo que querías decir. Dejas el terreno adecuado a tus posibilidades y te conviertes en un monologuista de cabeza humeante, uno más. A diferencia de Mailer y Bellow, no siento gran inclinación por pronunciarme sobre grandes cuestiones, por reformar el país, o ser elegido alcalde de Nueva York o ministro mundial con risas, como el héroe de The Last Analysis. En cierto sentido mi vida es una basura, mi vida es aquello respecto de lo cual mi literatura son residuos. La persona que apareció en la portada de Time o cuyos monólogos será publicado en The Paris Review no es ni el yo que existe físicamente y socialmente ni el que firma la ficción y la poesía. Quiero decir que todo está infinitamente bien y cualquier opinión es más burda que la textura de la cosa real.

Encuentro difícil tener opiniones. En teología me inclino por Karl Barth; en política, por los demócratas. Pero atesoro una observación hecha por John Cage: nuestras verdaderas actividades no son el enjuiciamiento, sino la apertura y la curiosidad. Al hablar de temas de los que eres ignorante violentas el sonido de la voz que habla de cuestiones sobre las que sabes algo.



(John Updike. Conversaciones con los escritores, The Paris Review)

las dos vidas del escritor

Realmente, no creo ser el único escritor que se haya preocupado por lo que experimentó durante los primeros dieciocho años de vida. Hemingway sentía un cariño desproporcionado por los cuentos de Michigan sobreestimando su mérito, diría yo. Ahí tenemos a Twain, a Joyce. Nada de lo que nos sucede después de los veinte años se encuentra tan libre de la autoconciencia, porque para ese entonces ya tenemos la vocación de escribir. La vida de los escritores está dividida en dos; en el momento en que obtienes la vocación literaria, la receptividad se reduce a la experiencia. La capacidad de escribir se convierte en una especie de escudo, una manera de esconderse, una manera de transformar el dolor en miel demasiado instantánea; mientras que cuando eres pequeño eres tan impotente que no lo puedes evitar, solamente puedes esforzarte, observar y sentir.


(John Updike. Conversaciones con los escritores, The Paris Review)

martes, 27 de noviembre de 2012

gusanos caníbales

Ent.: Usted parece rehuir la sociedad literaria. ¿Por qué?

J. U.: Yo no, ¿o sí? Aquí estoy, hablando con usted. Al dejar Nueva York, en 1957, dejé atrás in lamentarlo el mundillo literario de agentes, de futuras promesas y de gente curiosa. Este mundillo me parecía poco sustancioso e interferente. Hemingway describió el Nueva York literario como una botella llena de gusanos que intentan devorarse unos a otros. Cuando escribo, apunto mi mente no hacia Nueva York, sino hacia un punto vago, ligeramente al este de Kansas. Pienso en libros dentro de bibliotecas, sin sus cubiertas, viejos, y en un adolescente rural que los encuentra y hace que estos libros le hablen. Las revistas, las pilas de revistas de Brentano, son sólo vallas que hay que saltar para colocar los libros en ese estante. De cualquier manera, en 1957 estaba lleno de algo de Pennsylvania que quería expresar, e Ipswich me proporcionó el lugar donde decirlo y en el cual vivir modestamente, educar a mis hijos y establecer amistades en bae a lo que hago como persona, en vez de lo que hago como escritor.

(John Updike. Conversaciones con los escritores, The Paris Review)