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viernes, 16 de septiembre de 2011

Adar II

De todos es sabido que tras una serie de años normales y corrientes nacen a veces en el seno del tiempo otros años, insólitos y desnaturalizados, años en los que crece, como un sexto dedo de la mano, un falso mes: el mes decimotercero.

Y decimos que es falso, porque en muy raras ocasiones alcanza la madurez, y, como los niños engendrados tardíamente, ese mes se rezaga en su crecimiento -mes jorobado-, brote que se marchita hacia la mitad de su desarrollo, y más imaginario que real.


(Las tiendas de canela fina, Bruno Schulz)

jueves, 15 de septiembre de 2011

padre

Secretamente, yo le reprochaba a mi madre que hubiese pasado con tanta facilidad a la orden del día, después de la pérdida de mi padre. Pensaba que jamás le había querido, y, comoquiera que mi padre no había encontrado refugio en el corazón de ninguna mujer, tampoco había podido arraigar en ninguna realidad, y levitaba inmisericorde y eternamente sobre las periferias de la vida, por regiones semirreales, por los bordes de la realidad. Él ni siquiera había tenido -pensaba yo- una muerte digna como ciudadano, todo en él tenía que ser ambiguo y extraño.


(Las tiendas de color canela, Bruno Schulz)

eldorado

Aquel barrio era como un eldorado para los que desertaban de su moralidad, para los que traicionaban el estandarte de su propia estima.


(Las tiendas de canela fina, Bruno Schulz)

lunes, 12 de septiembre de 2011

baco

Aquellos ojos me miraron sin mirarme, me veían sin verme. Eran como dos globos a punto de estallar, tranfigurados por un supremo impulso de dolor o por el placer desbordante de la inspiración.

(Las tiendas de canela fina, Bruno Schulz)

viernes, 9 de septiembre de 2011

las estaciones

La ropa había resbalado hacía ya rato de la máquina de coser, que seguía funcionando inútilmente, cosiendo el hilo que la noche invernal desarrollaba inmisericordemente y sin fin.

(Las tiendas de canela fina, Bruno Schulz)


jueves, 8 de septiembre de 2011

elefantiasis

Un inmenso girasol, alzado sobre su poderoso tallo y enfermo de elefantiasis, aguardaba en su luto amarillo el fin de sus días, doblado bajo el peso de su monstruoso desarrollo. Y así, las ingenuas campanillas de los arrabales, las simples y humildes flores de percal no podían hacer nada por él, mayestáticas en sus camisas rosas y blancas, insensibles al inmisericorde drama del girasol.

(Las Tiendas de Canela Fina. Bruno Schulz)