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lunes, 27 de enero de 2014

La corista



Pasha se acostó y se echó a llorar en voz alta. Ya tenía lástima por las alhajas que había entregado impulsivamente y se sentía ofendida. Luego recordó cómo, tres años antes, un comerciante le había pegado sin motivo alguno, y lloró aun más fuerte.


(La corista, Antón Chéjov) 

viernes, 17 de enero de 2014

La casa del sotabanco



            -Lo peor es –barbotaba caminado a mi lado- lo peor es que uno trabaja sin encontrar comprensión. ¡Ninguna comprensión!


            -No tiene importancia –dije-. No se debe buscar milagros solamente junto a los enfermos y los curanderos. ¿Acaso la salud no es un milagro? ¿Y la vida misma? Lo que es incomprensible ya es un milagro.


... El hombre debe considerarse por encima de los leones, de los tigres, de las estrellas, por encima de todo lo que existe en la naturaleza, hasta por encima de lo que no se comprende y lo que parece milagroso, sino no sería un hombre sino un ratón que teme a todo el mundo.


            -Dígame, ¿por qué lleva usted una vida tan aburrida, tan incolora? –le pregunté a Belokúrov por el camino-. Mi vida sí es aburrida, pesada y monótona porque soy pintor, soy un hombre raro; estoy, desde mis años juveniles, maltratado por la envidia, por el descontento conmigo mismo, por la falta de fe en mi actividad; soy siempre pobre, soy un vagabundo; pero usted, usted es un hombre normal, sano; es un terrateniente, un señor; ¿por qué toma usted tan poco de la vida? ¿Por qué, por ejemplo, no se ha enamorado usted de Lida o de Yenia?


            -No se trata de pesimismo ni de optimismo –observé con irritación-. Lo que ocurre es que el noventa y nueve por ciento de los hombres carece de inteligencia.


            -Tengo una convicción bien definida al respecto –respondí, mientras ella se escondía detrás del diario como si no quisiera escucharme-. A mi juicio, los puestos médicos, las escuelas, las bibliotecas, los botiquines, dadas las condiciones existentes, no sirven sino para la opresión. El pueblo está atado con una gran cadena y ustedes, lejos de cortarla, le agregan nuevos eslabones. He aquí mi convicción.


            -Lo importante no es que Ana haya muerto de parto, sino el hecho de que todas estas Anas, Mavras, Pelagias, encorvan sus espaldas desde el amanecer hasta la noche; se enferman a causa del trabajo excesivo; durante toda la vida tiemblan por sus hijos, hambrientos y dolientes; durante toda la vida temen a las enfermedades y a la muerte; durante toda la vida tratan de curarse, pero se marchitan temprano, envejecen temprano y mueren en el hedor y en la suciedad; sus hijos, al crecer, recomienzan la misma historia y así transcurren centenares de años y miles de millones de personas viven peor que las bestias (sólo por un mendrugo de pan) sintiendo un miedo continuo. Lo terrible de su situación está en que no tienen tiempo de pensar en su alma; no tienen tiempo de recordar la imagen humana; el hambre, el frío, el miedo bestial, la enormidad del trabajo, cual aludes de nieve, les obstruyeron todos los caminos hacia la actividad espiritual, es decir, a lo que distinguen al hombre del animal y que constituye lo único por lo cual vale la pena vivir. Ustedes acuden en su ayuda con hospitales y escuelas, pero, lejos de liberarlos de sus ataduras, por el contrario, los esclavizan más aun, ya que, al introducir en su vida nuevos prejuicios, ustedes aumentan el número de necesidades, sin hablar de que por los emplastos y por los libros, ellos deben pagar al zemstvo, o sea, doblar aun más la espalda.


            -La alfabetización de los mujiks, los libros con míseras instrucciones y máximas y los puestos médicos no pueden disminuir la ignorancia ni la mortalidad, de la misma manera que la luz de las ventanas no pueden iluminar este enorme jardín –proseguí-. Ustedes no aportan nada; con su intromisión en la vida de esta gente ustedes no hace sino crear nuevas necesidades, nuevos motivos para el trabajo.


            -Hay que liberar a la gente del pesado trabajo físico –sostuve-. Hay que aliviar el yugo, darles un respiro, para que no pasen toda su vida junto a los hornos, las artesas y en el campo, sino que tengan también tiempo de pensar en su alma, en Dios, y que puedan manifestar en forma más amplia sus condiciones espirituales. La vocación de todo hombre está en la actividad espiritual, en la constante búsqueda de la verdad y del sentido de la vida. Hagan, pues, que les sea innecesario el brutal trabajo de bestias; permítanles sentirse en libertad y verán entonces que estos libritos y botiquines son, en realidad, una burla. Una vez que el hombre sea consciente de su auténtica vocación, solo podrán satisfacerle la religión, las ciencias, las artes y no estas menudencias.
            -¡Liberarlos del trabajo! –sonrió Lida-. ¿Acaso ello es posible?
            -Sí. Encárguense de una parte del trabajo de ellos. Si todos los habitantes de la ciudad y del campo, todos sin excepción, consistiéramos dividir entre nosotros el trabajo que en general realiza la humanidad para la satisfacción de sus necesidades físicas, a cada uno no le correspondería quizás más de dos o tres horas por día. Imagínese que todos, los ricos y los pobres, trabajamos solamente tres horas por día y el tiempo restante nos queda libre. Imagínese también que (para depender menos a un de nuestro cuerpo y trabajar menos) inventamos máquinas que nos reemplazan en ciertas labores y tratamos de reducir la cantidad de nuestras necesidades hasta el mínimo. Nos templamos a nosotros y a nuestros hijos para no temer al hambre y al frío y no tener que temblar constantemente por la salud de ellos, como tiemblan Ana, Mavra y Pelagia. Imagínese que no nos curamos, no mantenemos farmacias, ni fábricas de tabaco y de bebidas alcohólicas,...


            -La alfabetización que sólo sirve al hombre para leer los letreros de las tabernas y a veces libros que no entiende. Esta alfabetización se mantiene en nuestras aldeas desde los tiempos de Rúrik; Petrushka gogoliano hace ya tiempo que sabe leer, mientras que el campo quedó igual que en la época de Rúrik. No es la alfabetización lo que necesitamos sino la libertad para una amplia manifestación de capacidades espirituales. No son escuelas lo que necesitamos sino universidades. 



... Hay que curar no las enfermedades sino sus causas. Anulen la causa principal (el trabajo físico) y no habrá enfermedades. No reconozco la ciencia que cura –continué exaltado-. Las ciencias y las artes, cuando son auténticas, no aspiran a lograr propósitos temporales o particulares, sino que tienden hacia lo eterno y lo universal: buscan la verdad y el sentido de la vida, buscan a Dios y el alma, pero cuando se las ata a las necesidades y los problemas del día, a los botiquines y las bibliotecas, ellas no hacen sino complicar y entorpecer la vida. Tenemos muchos médicos, farmacéuticos, juristas, mucha gente sabe ahora leer y escribir, pero carecemos totalmente de biólogos, matemáticos, filósofos, poetas. Toda la inteligencia, toda la energía espiritual se fueron gastando para la satisfacción de las necesidades temporales, pasajeras... Los sabios, los escritores y los pintores están abarrotados de trabajo; merced a ellos las comodidades de la vida crecen cada día, las necesidades del cuerpo se multiplican, mientras que la verdad queda lejos todavía y el hombre sigue siendo el animal más feroz y menos pulcro, y todo contribuye para que la humanidad, en su mayoría, se degenere y pierda para siempre su vitalidad. En estas condiciones, la vida de un pintor no tiene sentido, y cuanto más talento tiene, tanto más extraño e incomprensible es su papel, ya que resulta que él trabaja para la diversión de un animal feroz y sucio, sosteniendo el orden existente. Y yo no quiero trabajar y no trabajaré... No precisamos nada, ¡que se hunda la tierra en el infierno!



            -Naturalmente. Somos seres superiores y si, efectivamente, tuviésemos conciencia de toda la fuerza del genio humano y viviésemos sólo para propósitos supremos, al final seríamos como dioses. Pero ello no ocurrirá nunca, la humanidad se va a degenerar y del genio no quedará ni rastro.


            Comienzo a olvidar ya la casa del sotabanco, y sólo alguna vez, cuando escribo o leo, de repente, sin causa ninguna, me acuerdo ora de la luz verde en la ventana, ora del ruido de mis pasos que resonaban de noche en el campo, cuando enamorado volvía a mi casa, frotando las manos por el frío. Y con menos frecuencia aun, en momentos cuando me oprime la soledad y estoy triste, empiezo a recordar vagamente y me parece entonces que a mí también alguien me recuerda, me espera y que nos encontraremos...
            Missus, ¿dónde estás?


(La casa del sotabanco -relato de un pintor-, Antón Chéjov)

lunes, 30 de septiembre de 2013

Las bellas



            Estoy dispuesto a jurar que Masha o, como la llamaba su padre, Mashia, era una verdadera belleza, mas no puedo demostrarlo. Ocurre a veces que las nubes se acumulan desordenadamente en el horizonte, y el sol, escondiéndose tras ellas, las pinta con todo los colores posibles: purpúreo anaranjado, dorado lila, rosado sucio; una nubecilla se parece a un monje, otra a un pez, otra más a un turco tocado con un turbante. El resplandor abarca la tercera parte del cielo; hace brillar la cruz de la iglesia y las ventanas de la mansión señorial; se refleja en el río y en las charcas; tiembla en los árboles; lejos, recortándose sobre el fondo iluminado, una bandada de patos silvestres vuela en busca de un lugar para pernoctar... El zagal, que va arreando vacas, el agrimensor, que atraviesa en carretela el dique; los señores que están de paseo: todos contemplan la puesta del sol y todos, sin excepción, encuentran que es terriblemente bella, pero nadie sabe ni podría decir en qué consiste esta belleza.  


... Usted la está mirando y, poco a poco, lo invade el deseo de decirle a Masha algo muy agradable, sincero, bello, tan bello como lo es ella misma.


... y que yo fuese un extraño para ella; o sentía vagamente que su rara belleza era casual, innecesaria, efímera; o, quizás, era mi tristeza aquel sentimiento especial que nace en el hombre al contemplar éste una verdadera belleza. ¿Quién lo sabe?


... Todo el secreto y el hechizo de su belleza consistían precisamente en estos pequeños e infinitamente graciosos movimientos, en su sonrisa, en el juego de su rostro, en las fugaces miradas que nos dirigía, en la conjunción de la fina elegancia de sus ademanes con la juventud, la frescura, la pureza del alma que se revelaban en su risa y en su voz, y con esa debilidad que tanto amamos en los niños, en los pájaros, en los jóvenes ciervos, en los jóvenes árboles. 

(Las bellas, Antón Chéjov)

miércoles, 24 de julio de 2013

El obispo

no sentía arrepentimiento por los pecados ni tristeza, sino paz en su alma y silencio, transportándose en sus pensamientos al lejano pasado, a su infancia y su juventud, cuando asimismo se cantaba acerca del Esposo y del palacio, y ahora aquel pasado aparecía vivo, bello y lleno de alegría, como probablemente nunca había sido. Y puede ser que en el otro mundo, en la otra vida, recordemos el lejano pasado, nuestra vida terrenal, con el mismo sentimiento.

(El obispo, Antón Chéjov)

jueves, 13 de junio de 2013

Remordimiento




            A esto se redujo el inmenso esfuerzo hacia el bien y hacia la actividad útil de uno de los hombres que tienen buen corazón, pero que son irreflexivos y están bien alimentados.

(Remordimiento, Antón Chéjov) 

lunes, 10 de junio de 2013

una apuesta

“Mi querido carcelero: Le escribo estas líneas en seis idiomas. Muéstrelas a personas entendidas. Que haga disparar una escopeta en el jardín Este disparo me dirá que mis esfuerzos no se perdieron en vano. Los genios de todos los tiempos y países hablan en distintas lenguas, pero arde en ellos la misma llama. ¡Oh, si usted supera qué dicha sublime experimento ahora en mi alma porque puedo comprenderlos!” El deseo del recluido fue cumplido. El banquero mandó disparar la escopeta en el jardín dos veces.

(Una apuesta, Antón Chéjov)

martes, 28 de mayo de 2013

El hombre enfundado



            -¿Y qué tiene de raro? –dijo Burkin-. En este mundo no son pocas las personas solitarias por naturaleza que procuran esconderse en su concha a semejanza del caracol o del cangrejo. Puede ser que se trate de una manifestación de atavismo, de un retroceso hacia los tiempos en que el antepasado del hombre, sin ser todavía un animal sociable, vivía solo en su cueva; puede ser, sin embargo, que ello sea simplemente uno de los aspectos del carácter humano, ¿quién sabe?


            En los asuntos amorosos, y especialmente en el casamiento, la sugestión desempeña un gran papel. Todos –sus colegas y las damas- aseguraban a Bélikov que él debía casarse, que no le quedaba otra cosa en la vida que casarse; lo felicitábamos y con caras serias le decíamos trivialidades como, por ejemplo, que el matrimonio era un paso serio; además, Váreñka era bien parecida, interesante, tenía una granja y era hija de un consejero de estado; pero lo principal consistía en que era la primera mujer que lo trató en forma cariñosa y cordial, lo cual le hizo perder la cabeza y decidir que, efectivamente, debía casarse.


... Cuando en una noche de luna uno ve la ancha calle pueblerina con sus izbas, sus gavillas y sus adormecidos sauces, la paz penetra en el alma; escondiéndose en las sombras nocturnas de sus labores, sus preocupaciones y sus penas, la quieta calle aldeana es mansa, melancólica y bella, y parece que también las estrellas la contemplan con dulzura y que ya no hay maldad sobre la tierra y que todo está bien. En el extremo izquierdo del pueblo comenzaba el campo; se lo veía lejos, hasta el horizonte, y en toda la extensión de este campo, inundado de luz lunar, tampoco había movimiento ni ruido.
            -Ahí está la cosa –repitió Iván Ivánich-. Nosotros vivimos en la ciudad, sofocados, hacinados, escribimos papeles inútiles, jugamos a los naipes, ¿acaso no es eso un estuche? Y cuando pasamos toda la vida entre haraganes, pleitistas, mujeres tontas y ociosas, y escuchamos y decimos toda clase de majaredrías, ¿acaso no es eso un estuche?


(Un hombre enfundado, Antón Chéjov)

viernes, 3 de mayo de 2013

La princesa




            -Ah, gracias. Pensé que también usted se había olvidado de su princesa. La gente sólo se acuerda de sus enemigos, mientras que se olvida de sus amigos...


... ¡Qué cosa tan rara! Todos huían de sus favores como los ratones huyen del gato. ¿Y por qué? Muy sencillo. No porque nuestro pueblo fuese ignorante e ingrato, como usted trató de explicarlo siempre, sino porque en sus acciones, perdóneme la expresión, no hubo un ápice de amor ni de piedad. Solo hubo deseo de divertirse con muñecos vivos y nada más... El que no sabe distinguir entre un hombre y un perro de lana, no debe ocuparse de beneficencia. ¡Le aseguro que entre la gente y los perros de lana hay una gran diferencia!

(La princesa, Antón Chéjov)

miércoles, 20 de marzo de 2013

Vérochka




            -Con un tiempo tan hermoso uno no tiene ganas de partir. En verdad, la noche es romática; hay luna, hay silencio y todo lo demás. ¿Sabe, Vera Gavrílovna? Ya van veintinueve años que yo vivo en este mundo, pero no he tenido un romance hasta ahora. En toda mi vida no hubo una sola historia romática, de modo que las citas, las alamedas de suspiros y de besos son cosas que yo conozco sólo de nombre. ¡Eso es anormal! En la ciudad, cuando uno está encerrado en su cuarto, esta laguna no se nota tanto, pero aquí, al aire libre, se hace sentir con fuerza... ¡Hasta causa cierto fastidio!


            -Le estoy agradecido, Vera Gavrílovna, aunque sé que no merezco un... sentimiento de esa índole... de su parte. En segundo lugar, como hombre honesto debo decir que... la felicidad se basa en el equilibrio, es decir, cuando ambas partes... se amen de la misma manera...


... Por primera vez en su vida pudo convencerse, por propia experiencia, de cuán poco depende el hombre de su buena voluntad, y experimentar él mismo la situación de un hombre decente y cordial quien, sin querer, causa a su prójimo un sufrimiento inmerecido y cruel.

(Vérochka, Antón Chéjov) 

miércoles, 27 de febrero de 2013

La gaviota (parte 2 de 2)



Nina.-¿Qué escribe usted?
Trigorin.-Sólo una nota... Se me ha ocurrido un argumento. (Escondiendo el libro.) El argumento para una novela corta: a la orilla de un lago, desde la infancia, vive una joven. ¡Exactamente igual que usted! Ama el lago como podría hacerlo una gaviota, y es libre y feliz como una de ellas. Pero un día llega un hombre de manera casual, la ve y, por hacer algo, la destruye, como han destruido a ese pájaro. (Pausa. Arkadina aparece en la ventana.)


Arkadina.-¡Eso es envidia! A la gente sin talento y con pretensiones no les queda otro recurso que difamar a quienes verdaderamente lo tienen. ¡Es un pobre consuelo!


Dorn.-¿Dinero? ¡Querido amigo: en treinta años que llevo ejerciendo esta profesión, una profesión en la que uno no tiene tregua, en la que uno se pasa el día y la noche a la cabecera de todo aquél que lo quiere llamar, ¡en treinta años sólo he sido capaz de ahorrar dos mil rublos! ¡Los dos mil rublos que me he gastado en mi viaje al extranjero! ¡No tengo, lo que se dice nada!


Trepliov.-... ¡Qué fácil es ser filósofo sobre el papel, doctor, y qué difícil cuando se trata de la vida real!


Trepliov.-... Si, cada vez estoy más convencido de que no se trata de una cuestión de antiguas o nuevas formas, sino que uno escribe sin pensar en ellas y únicamente dejando fluir libremente su alma.


Nina.-... Ahora, Kostia, creo saber que lo verdaderamente importante en nuestras profesiones, tanto cuando se escribe como cuando se interpreta, no es la gloria, ni el brillar, ni todas esas cosas con las que yo soñaba..., sino el aprender a soportar el sufrimiento. ¡Soportar la cruz y tener fe! Yo tengo fe ahora, y ya no sufro tanto. ¡Y cuando pienso en mi vocación dejo de tenerle miedo a la vida!

(La Gaviota, Antón Chéjov)

jueves, 21 de febrero de 2013

La gaviota (Parte 1 de 2)


Trepliov.-... cuando les veo, digo, intentando extraer una moral de sus frases y de sus escenas vulgares; una mediocre y cómoda moral casera fácil de comprender; cuando me presentan bajo mil formas diferentes lo mismo, de siempre una y otra vez..., siento deseos de escapar, me escapo como se escapaba Maupassant de aquella torre Eifffel que le aplastaba con su vulgaridad absoluta.


Sorin.- Debo de admitir que admiro a los escritores, muchacho. Hace años, ¿Sabes?, deseaba ardientemente dos cosas: casarme y ser novelista. Ninguna de las dos las he conseguido. Sí, incluso ser un literato de segunda fila debe ser agradable...


Trepilov.- ¡Personajes vivos! No hay por qué representar a la vida tal y como es, ni cómo debería ser, sino como la imaginamos en sueños.


Dorn.- Porque la obra de arte debe, desde luego, expresar alguna gran idea.


Dorn.- ¡Sí! Ahora..., no debe representar sino lo que es importante, eterno. Ya sabe que yo he sido un hombre de vida intensa, y que he tenido buen gusto. Y estoy satisfecho. Pero si en alguna ocasión hubiera sentido el impulso espiritual que sienten los artistas en el momento de la creación, me parece que hubiera despreciado mi envoltura humana, y todo cuanto ésta supone, y hubiera volado a las alturas, muy por encima de la tierra.


Dorn.- Y hay algo más. Una obra de arte ha de expresar una idea con claridad y resueltamente. Tiene usted que saber para qué escribe, pues si sigue usted el sendero encantado de la literatura, sin un fin definido en su mente, se extraviará y su talento acabará arruinándole.


Nina (Sola).- Yo imaginaba que la gente célebre era orgullosa, inaccesible, y que despreciaba a la masa, por conceder ésta más valor a la nobleza, a los títulos, a la fortuna, que se vengaban de ella con la gloria de sus nombres. ¡Pero ahí están; lloran, pescan, juegan a las cartas, se ríen y se enfadan como todo el mundo!


Trigorin.- Si me alaban, me resulta agradable, y cuando me critican, me paso un par de días de mal humor.


Trigorin.- ¿Yo?... (Se encoge de hombros.) ¡Hum!... Habla usted de la felicidad, de una vida espléndida e interesante, pero para mí todas esas palabras, y perdóneme, son como los bombones de fruta, que nunca los como. ¡Es usted muy joven y muy generosa!


Trigorin.-... (Tras un instante de reflexión.) Usted sabe lo que es tener una idea fija, por ejemplo, cuando se le impone a uno, a la fuerza, un pensamiento que le tortura haciéndole pensar día y noche...; por ejemplo, la luna. ¡Pues bien; yo también tengo mi luna! Día y noche vivo dominado por una idea: “¡tengo que escribir, tengo que escribir, tengo que...!” Apenas he terminado una novela, y sin saber porqué, tengo que comenzar una segunda, y luego otra, y otra... Escribo febrilmente, sin darme tregua, y no puedo obrar de otro modo. ¿Y qué hay en todo esto, Le pregunto yo, de maravilloso o de brillante? ¡Qué vida tan buena la mía! Aquí estoy ahora, hablando animadamente con usted y sin dejar, no obstante, de recordar en todo momento que hay una novela a medio terminar, que me aguarda... Yo soy el principal obstáculo para mi tranquilidad. Siento que estoy devorando mi propia vida, pues, para conseguir la miel que luego entrego a unos pocos de los seres que pueblan el espacio, he de recoger antes el polen de mis mejores flores, privándolas de él para siempre, destrozándolas y pisoteando sus raíces... En cuanto a mis comienzos como escritor, los mejores años de mi vida, el escribir fue un continuo tormento para mí. Un escritor de segunda fila, sobre todo cuando la suerte no le acompaña, se considera a sí mismo inepto, insuficiente...., pensando que está de más.


Trigorin.-Sí, mientras escribo paso ratos agradables. Y también me resulta grata la corrección de pruebas, pero..., tan pronto como la obra ha salido de la imprenta, no puedo seguir soportándola.


Trigorin.-... Peor lo peor de todo es que me parece que vivo envuelto en una especie de bruma, y a menudo no yo mismo entiendo lo que escribo. ¡Amo está agua, estos árboles, este cielo! ¡Siento la naturaleza, que es la que excita en mí la pasión y el invencible deseo de escribir! Pero, compréndalo, no puedo limitarme tan sólo a ser un paisajista. Soy también un ciudadano, amo a mi país, a su pueblo. Como escritor, comprendo que tengo el deber de escribir sobre ese pueblo, sobre sus sufrimientos, su futuro; y también que debo hablar de la ciencia, de los derechos del hombre, y etcétera..., etc... Y escribo sobre todo ello precipitadamente, mientras todos son a meterme prisas, a enfadarse, en tanto yo me agito de un lado para otro como el zorro acosado por los perros. ¡Veo que la vida y la ciencia siguen adelante, mientras yo me quedo más y más atrás constantemente, como un “mujik” cuando pierde el tren, y que al final, sólo sé describir paisajes, y que, en todo el resto de lo que escribo soy falso hasta la medula de los huesos!


(La gaviota, Antón Chéjov)

jueves, 7 de febrero de 2013

Iónich




... En los primeros momentos Startsev quedó asombrado por lo que estaba viendo por primera vez en su vida y lo que, probablemente, nunca más volvería a ver: un mundo que no se parecía a nada, mundo en el que la luz de la luna era tan tenue y hermosa como si tuviera allí su cuna; donde no había vida, ninguna señal de vida, pero en cada álamo oscuro, en cada tumba sentíase la presencia de un misterio, que prometía una vida apacible, bella, eterna. Las losas, las flores marchitas y las hojas otoñales exhumaban un leve soplo de tristeza, de perdón y de paz.


... En realidad, la madre Naturaleza hace al hombre una broma bastante pesada y no es nada alegre tener plena conciencia de ello. Startsev estaba pensando en estas cosas y, al mismo tiempo, tenía ganas de gritar que deseaba y esperaba el amor cueste lo que cueste; ya no eran los blancos trozos de mármol lo que estaba viendo, sino bellos cuerpos, formas que se ocultaban púdicamente en las sombras de los árboles; sentía su calor y una languidez que se tornaba penosa...


... Creo que nadie aún describió exactamente el amor, porque es muy difícil describir este tierno, alegre y tortuoso sentimiento; quien lo haya experimentado siquiera una vez, no intentará expresarlo con palabras. ¿Para qué los preámbulos y las descripciones? ¿Para qué la elocuencia? Mi amor no tiene límites... le ruego, le imploro –declaró, por fin, Startsev- que sea mi esposa.


            ¿Y Kótik? Estaba más delgada y más pálida; al mismo tiempo era más hermosa y más esbelta; pero ya no era Kótik sino Ekaterina Ivánovna; ya no tenía la frescura de antes ni la expresión de inocencia infantil. Había algo nuevo en su mirada y en sus modales, algo tímido y culpable, como si allí, en la casa de los Turkin, ya no se sintiera en su propia casa.


            Está muy atareado, a pesar de lo cual no abandona su cargo de médico del distrito; la avaricia lo tiene dominado y lo hace correr de un lado para otro. En Dialich, y también en la ciudad, lo llaman ya simplemente Iónich.


(Iónich, Antón Chéjov) 

jueves, 24 de enero de 2013

La dama del perrito




... Gúrov pensó que en realidad todo es bello en este mundo, todo excepto lo que pensamos y hacemos olvidando los supremos propósitos de la existencia y nuestra dignidad humana.


            -Pensaré en usted... lo recordaré –le decía-. Quédese con Dios. No me recuerde mal. Nos despedimos para siempre, es preciso que así sea, porque no debíamos encontrarnos. Bueno, ¡adiós!


... Con los ojos cerrados, se la imaginaba vivamente y ella le parecía más bella, más joven, más dulce de lo que era; también a sí mismo se veía mejor de lo que él era en aquel entonces, en Yalta. Por las noches ella lo miraba desde la biblioteca, desde la chimenea, desde el rincón; se oía su respiración, el suave murmullo de su vestido. En la calle seguía con la mirada a las mujeres, buscando alguna parecida a ella...


            Estas palabras, tan comunes, indignaron a Guróv; le parecieron despreciables y sucias. ¡Qué costumbres salvajes, qué gente! ¡Qué noches absurdas, qué días tan grises y poco interesantes! El desenfrenado juego a los naipes, la gula, la borrachera y las incesantes charlas siempre sobre lo mismo. Las innecesarias tareas y las conversaciones sobre el mismo tema se apoderan de la mejor parte del tiempo, de las mejores fuerzas, y queda al final una vida limitada y vacía, sin ningún sentido, de la cual ni siquiera uno puede escapar, como si estuviera recluido en una casa de locos o en una cárcel.


            Anna Serguéievna llegó también. Se sentó en la tercera fila, y cuando Gúrov la miró, sintió oprimírsele el corazón, al comprender claramente que en todo el mundo no existía para él persona más íntima, más cara y más importante; aquella pequeña mujer, perdida en la multitud provinciana, sin rasgos notables y con sus vulgares impertinentes en la mano, llenaba ahora toda su vida; era su desdicha y su alegría; era la única felicidad que deseaba para sí; y a los sones de una mala orquesta, de unos pobres violines provincianos, pensaba cuán bella era. Pensaba y soñaba.


            Y en este instante recordó de golpe cómo aquella noche en la estación, después de despedir a Anna Serguéievna, se decía a sí mismo que todo había terminado y que jamás volverían a verse. ¡Pero cuán lejos estaba aún el fin!


            Y parecía que faltaba poco para encontrar la solución y comenzar, entonces, una nueva y maravillosa vida; pero ambos comprendían claramente que el fin estaba todavía muy lejos y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar.

(La dama del perrito, Antón Chéjov) 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Amorcito




..., ella imaginaba a Kukin desafiando a su destino y acometiendo en un ataque frontal contra su principal enemigo: el indiferente público; su corazón latía con dulce ansiedad, ahuyentando el sueño, y cuando él, a la madrugada, regresaba a casa, ella, desde su dormitorio, golpeaba suavemente en la ventana y le sonreía con cariño, sin mostrarle, a través de las cortinas, más que la cara y un hombro...


            -Cada cosa tiene su orden, Olga Semiónovna –decía en tono reposado y con compasión en su voz-. Si alguno de nuestros íntimos se muere es porque Dios lo desea así, y en estos casos debemos recordarlo y resignarnos.


            Pero lo fundamental, y lo peor, era no tener ninguna opinión. Ella veía los objetos que la rodeaban y comprendía todo lo que pasaba alrededor de ella, pero no podía formar su opinión sobre ningún asunto ni sabía tampoco de qué hablar. ¡Y qué terrible resulta no tener ninguna opinión! Se ve, por ejemplo, una botella en pie, o si está lloviendo, o bien un mujik esta viajando en su carro, pero para qué está allí la botella o la lluvia, o el mujik y qué sentido tienen, eso no se sabe ni se sabría explicar, aunque le dieran a uno mil rublos. En los tiempos de Kukin y de Pustoválov y más tarde en el veterinario Oleñka podía explicarlo todo y hubiera podido dar su opinión sobre cualquier asunto, ahora, en cambio, sus pensamientos y su corazón estaban tan desiertos como su patio. Y sentía miedo y amargura, como si hubiera comido ajenjo hasta hartarse.


... Y cuando llega un soplo de primavera, cuando el viento trae el tañido de las campanas de la catedral, y los recuerdos del pasado de golpe invaden su mente, su corazón se oprime con dulzura y le hace derramar abundantes lágrimas, pero sólo por un instante; luego vuelve el vacío y uno no sabe para qué vive. Bryska, la gatita negra buscando mimos, ronronea suavemente, pero estás caricias gatunas no conmueven a Oleñka. ¿Acaso es esto lo que ella necesita? Si tuviera un amor que se apoderara de todo su ser, su alma, su mente; que le diera ideas, dirección a su vida; que calentara su sangre aletargada... Y ella echa a la negra Bryska de sus rodillas, diciéndole con fastidio:
            -Véte, véte... ¡Nada tienes que hacer aquí!


(Amorcito, Antón P. Chéjov)

lunes, 29 de octubre de 2012

La cigarra




            Después de las cuatro de la tarde comía en casa. La sencillez, el sentido común y la bondad de su marido la conmovían y la llenaban de entusiasmo. A menudo se levantaba de un salto, abrazaba impulsivamente su cabeza y la cubría de besos.
            -Eres un hombre inteligente y noble, Dímov –le decía- pero tienes un defecto muy importante. No sientes ningún interés por el arte. Rechazas la música y la pintura.
            -No las comprendo –respondía él mansamente-. Durante toda mi vida estuve ocupado con las ciencias naturales y la medicina y no tuve tiempo de interesarme por las artes.
            -¡Pero eso es terrible, Dímov!
            -¿Por qué? Tus amigos no conocen las ciencias naturales ni la medicina y sin embargo tú no les reprochas por eso. A cada cual lo suyo. Yo no comprendo los paisajes ni las óperas, pero opino lo siguiente: si hay personas inteligentes que les dedican toda su vida, y si hay personas inteligentes que pagan por ellos mucho dinero, eso significa entonces que son necesarios. Yo no los comprendo, pero no comprender no significa rechazar.


... “¿Cómo no se aburre uno de ser un hombre simple, en nada destacable, desconocido y, además, con cara demacrada y modales torpes?” O bien le parecía que Dios iba a matarla en cualquier momento porque ella temiendo el contagio, ni una sola vez había ido a ver al marido a su gabinete.


(La cigarra, Antón P. Chéjov) 

jueves, 18 de octubre de 2012

Zínochka




            -No es gran cosa eso de ser amado: ¿Para qué están creadas las damas si no para amarnos? En cambio, señores, ¿quién de ustedes fue alguna vez odiado, odiado con pasión, con rabia? ¿Alguno de ustedes pudo observar los arrebatos del odio? ¿Eh?

            Ella, en tanto, lo miraba sin pestañear, con sus grandes ojos enamorados, esperando, como hechizada, que Sasha no tardaría en decirle algo significativo, ilimitado en su importancia; él no le dijo nada todavía, pero ella veía ya abrirse ante sí algo nuevo y amplio, algo que ella no conocía antes y por eso lo miraba, llena de esperanza, dispuesta a todo, inclusive a morir.


            -Antes que nada, es necesario que toda la vida pase por un prisma –dijo Nina Ivánovna-, es decir que es preciso que la vida, en nuestra conciencia, se divida en elementos simples, a modo de los siete colores principales, y cada elemento hay que estudiarlo por separado.


            “¡Adiós, querido Sasha!” –pensó, y en su imaginación surgió una nueva vida, ancha y luminosa; esta vida, ancha y luminosa; esta vida, de contornos no muy nítidos aún y llena de misterios, la atraía y la fascinaba. 


(Zínochka, Antón P. Chéjov)

miércoles, 10 de octubre de 2012

Pequeñeces

 

            -¡Qué quiere que le diga! –dijo encogiéndose de hombros-. Es una mujer, y a las mujeres, Nicolás Ilich, siempre les duele algo.


            Mientras tanto Aliosha, sentado en un rincón, relataba atormentado a Sonia cómo había sido engañado. Lo hacía temblando, tartamudeando, llorando; por primera vez en su vida tropezaba tan brutalmente, cara a cara, con la mentira; no sabía antes que, aparte de las peras dulces, pastelillos y relojes caros, existen en el mundo muchas otros cosas que no tienen nombre en el lenguaje infantil. 

(Antón Chéjov)

jueves, 4 de octubre de 2012

La novia




            -¡Si usted partiera a estudiar! –decía-. Sólo las personas instruidas y santas son interesantes y necesarias. Cuanto mayor sea la cantidad de estas personas, más pronto vendrá el reino de Dios sobre la tierra. Y poco a poco, de vuestra ciudad no va a quedar entonces ni una sola piedra; todo se hará añicos, todo cambiará, como por arte de magia. Y habrá entonces aquí enormes y magníficos edificios, jardines maravillosos, personas extraordinarias, notables... Pero no es esto lo fundamental. Lo principal es que la multitud, en el sentido nuestro y tal como ella existe ahora, no existirá en aquel entonces, porque cada persona tendrá fe y cada uno sabrá para qué vive; ninguno buscará apoyo en la multitud. ¡Palomita querida, márchese! Muestre a todo el mundo que esta pecaminosa vida, gris e inmóvil, la tiene harta. ¡Muéstrelo aunque sea a sí misma!


(La Novia, Antón Chéjov)

viernes, 28 de septiembre de 2012

no pueden vivir sin fanatismo

 

... Un día me encontré un periódico ruso y le guardé para hacerme un gorro. Me pegaron por esto, aunque no sabía leer el ruso. ¡En fin, qué quiere usted!, no pueden vivir sin fanatismo, pues cada pueblo conserva instintivamente su nacionalidad. Pero esto no lo comprendía yo entonces y me sublevaba sinceramente.


            -No se puede ser profesor, sin conocer la psicología. Antes de instruir a un niño, hay que comprender su alma.
            Le dije que para esto no le hacía falta leer psicología, y que para un pedagogo que aun no está acostumbrado a los procedimientos técnicos, para enseñar lectura y aritmética, la psicología me parecería un lujo semejante al de las matemáticas superiores. Convino conmigo y comenzó a disertar sobre lo dificultoso que es un cargo de profesor, de lo arduo que era extirpar de la cabeza de un niño la inclinación hacia el mal, la superstición; qué difícil es pensar de una manera honrada y libre, inculcar la verdadera religión, la idea de personalidad, de libertad, etc., le respondí algo, a lo que asintió: daba la razón a todo con gran facilidad. Todo lo que era de orden intelectual estaba, al parecer, poco sólidamente en su cabeza.


(Errante, Antón Chéjov)

martes, 25 de septiembre de 2012

Una bromita

... Me acerco a la empalizada y durante largo rato miro por una hendidura. Veo a Nádeñka salir al patio y alzar su triste, acongojada mirada al cielo... El viento de primavera sopla directamente en su pálido y sombrío rostro... le hace recordar aquel otro viento que bramaba en la colina dejando oír aquellas tres palabras, y su cara se pone triste, muy triste, y una lágrima se desliza por su mejilla. La pobre muchacha extiende ambos brazos como suplicando al viento le traiga una vez más aquellas palabras. Y yo, al llegar una ráfaga de viento, digo a media voz:
            -¡La amo, Nadia!
            ¡Por Dios, hay que ver lo que sucede con Nádeñka! Deja escapar un grito y con amplia sonrisa tiende sus brazos hacia el viento, alegre, feliz, tan bella.
            Y yo me voy a hacer las maletas...
            Esto sucedió hace tiempo. Ahora Nádeñka está casada con el secretario de una institución tutelar y tiene ya tres hijos. Pero nuestros viajes en trineo y las palabras “La amo, Nadia”, que le llevaba el viento, no están olvidados, para ella son el recuerdo más feliz, más conmovedor y más bello de su vida...
            Mientras que yo, ahora que tengo más edad, ya no comprendo para qué decía aquellas palabras, por qué hacía aquella broma...

(Una bromita, Antón Chéjov)