miércoles, 15 de febrero de 2012

Prefacio

“Para hacerse amar –dirá-, basta con compadecer. Yo no compadezco nunca, o lo oculto... me sorprendo a veces de mi poder.” Y también: “Amad a los que mandáis, pero sin decírselos.”


“Acabo de realizar una pequeña hazaña: he pasado dos días y dos noches con once moros y un mecánico, para salvar un avión. Tuvimos diversas y graves alarmas. Por primera vez, he oído silbar las balas sobre mi cabeza. Conozco, por fin, lo que soy en esas circunstancias: mucho más sereno que los moros. Pero he comprendido, al mismo tiempo, lo que siempre me había sorprendido: por qué Platón, (¿o Aristóteles?) sitúa al valor en la última categoría de las virtudes. Es que no está formado por muy hermosos sentimientos: algo de rabia, algo de vanidad, mucha testarudez y un vulgar placer deportivo. Sobre todo, la exaltación de la propia fuerza física que, no obstante, no le atañe en nada. Cruzamos los brazos sobre la camisa desabrochada, y respiramos fuerte. Es más bien agradable. Cuando esto se produce durante la noche, se le mezcla el sentimiento de haber hecho una inmensa tontería. Jamás volveré a admirar un hombre que sólo sea valeroso.”


“Se oculta la propia valentía, como se oculta el amor”; o mejor aún: “Los valientes ocultan sus hazañas como la gente de buen corazón sus limosnas. Las disfrazan o se excusan de ellas.”


El escrito

... Todo lo que alegra la vida de los hombres corría, agrandándose, hacia él: la casa, los cafetuchos, los árboles de la avenida. Él, parecía un conquistador que, en el crepúsculo de sus empresas, se inclina sobre la tierra del imperio y descubre la humilde felicidad de los hombres.


... La llegada de los aviones no será nunca esa victoria que concluye una guerra, e inicia una era de paz venturosa. Jamás habrá, para él, otra cosa que un paso hecho, precediendo a mil otros pasos semejantes.


... Y no obstante, volvía hacia él, con melancólico murmullo, la suma de deleites que siempre había eludido: un océano perdido. “¿Tan cerca está, pues, todo eso...?” Se dio cuenta de que, poco a poco, había aplazado para la vejez, para “cuando tuviera tiempo”, lo que hace agradable la vida de los hombres. Como si realmente un día se pudiese tener tiempo, como si se ganase, al fin de la vida, esta paz venturosa que todo el mundo se imagina. Pero la paz no existe. Tal vez no existe siquiera la victoria. No existe la llegada definitiva de todos los correos.


... Entonces, para buscar una escapatoria en caso de retirada forzosa, volvía la cabeza y tembló: toda la cordillera, a sus espaldas, parecía fermentar.
“Estoy perdido”


... No era amado, pues un inspector no ha sido creado para las delicias del amor, sino para la redacción de informes.


“No piensa nada –decía de él Rivière-; eso le evita pensar mal.”


“Lo dice el reglamento.”
“El reglamento –pensaba Rivière- es como los ritos de una religión, que parecen absurdos pero forman a los hombres.”Le era igual que lo tuviesen por justo o por injusto. Tal vez estas palabras ni siquiera tenían sentido para él. Los pequeños burgueses de las pequeñas ciudades dan vueltas, en el crepúsculo, alrededor de sus quioscos de música y Rivière pensaba: “¿Justo o injusto, con respecto a ellos?; esto carece de sentido: ellos no existen.” El hombre era, para él, cera virgen que se debía moldear. Se debía dar un alma a esa materia, crearle una voluntad. No creía esclavizarlos con dureza, sino lanzarlos fuera de ellos mismos. Si castigaba todo retraso, cometía una injusticia, pero dirigida hacia la salida, la voluntad de cada escala creaba esa voluntad. No permitiendo que los hombres se regocijasen por un tiempo cerrado, como si fuera una invitación al reposo, los tenía pendientes de que clarease; y la espera humillaba secretamente hasta al más oscuro peón.


“Esos hombres son felices, porque aman lo que hacen, y lo aman porque soy duro.”
Tal vez hacía padecer, pero también proporcionaba a los hombres armados grandes alegrías. “Es preciso empujarlos –pensaba- hacia una vida fuerte, que entrañe dolores y alegrías, pero es la única que vale.”


Pero Robineau, esta noche, no pensaba más que en sus miserias: el cuerpo mortificado por un molesto eczema ,su único secreto verdadero; hubiera deseado explicarlo, hacerse compadecer, pues como no encontraba consuelo en el orgullo, lo buscaba en la humildad.


Sin embargo, para Robineau, como para todos los hombres, existía una pequeña luz.


Era un exabrupto a medias, pues Rivière acostumbraba a afirmar: “Si el insomnio de un músico le hace crear hermosas obras, es un hermoso insomnio.” Un día, había designado a Leroux: “Dígame si no es hermosa esa fealdad que rechaza el amor...” Todo lo que de grande tenía Leroux, lo debía tal vez a esa desgracia, que había limitado su vida entera a la del oficio.


Rivière pensó que de esa manera, cada noche, una acción se desarrollaba en el cielo como un drama. Una flexión de voluntades podía acarrear un desastre; tal vez habría que luchar mucho hasta el nuevo día.


Rivière había salido para andar un poco y eludir el malestar naciente. Él, que sólo vivía para la acción –una acción dramática-, sentía extrañamente que el drama se desplazaba, se hacía personal. Pensó que, alrededor de su quiosco de música, los pequeños burgueses de las pequeñas ciudades vivían una vida en apariencia silenciosa, pero algunas veces henchida también de dramas: la enfermedad, el amor, la muerte, y tal vez... Su propia dolencia le enseñaba muchas cosas. “Abre ciertas ventanas”, se decía. Luego, hacía las once de la noche, respirando ya mejor, se encaminó a la oficina. Lentamente se abría paso entre el gentío que se agolpaba ante la puerta de los cines. Alzó los ojos a las estrellas, que lucían sobre la estrecha calle, borradas casi por los anuncios luminosos, y pensó: “Esa noche, con mis dos correos en vuelo, soy responsable del cielo entero. Esa estrella es un mensajero que me busca entre la muchedumbre, y que me encuentra: por eso me siento algo extranjero, algo solitario.”


Se había sentido, como hoy, solitario, pero muy pronto había descubierto la riqueza de tal soledad. El mensaje de aquella música venía a él, sólo a él, entre los mediocres, con la suavidad de un secreto. Como el mensaje de la estrella. Ambos le hablaban, por encima de tantos hombros, en un lenguaje que sólo él entendía.


En alguna parte encontraría el único secretario en vela. Un hombre trabajaba en alguna parte para que la vida fuese continua, para que la voluntad fuese continua y así, de escala en escala, para que jamás, de Toulouse a Buenos Aires, se rompiera la cadena. “Ese hombre desconoce su grandeza.”


“¡Tanto trabajo para acabar así! Tengo cincuenta años; en cincuenta años he llenado mi vida, me he formado, he luchado, he alterado el curso de los acontecimientos; y he aquí lo que ahora me ocupa, y me llena, y hace decrecer al mundo en importancia... Es ridículo.”


“¿Soy justo o injusto? Lo ignoro. Si castigo, las averías disminuyen. El responsable no es el hombre, sino algo como una potencia oscura que jamás se alcanza si no se alcanza a todo el mundo. Si fuese muy justo, un vuelo nocturno sería cada vez un peligro de muerte.”


“Para hacerse amar, basta compadecer. Yo no compadezco nunca, o lo oculto. Me gustaría mucho, no obstante, rodearme de amistad y de ternura humana. Un médico, en su profesión, las encuentra. Pero es a los acontecimientos a quien sirvo. Es preciso que forje a los hombres para que los sirvan. ¡Qué bien siento esa ley oscura, durante la noche, en mi oficina, ante las hojas de ruta! Si me dejo ir, si dejo que los acontecimientos sigan su curso, entonces nacen misteriosamente los accidentes, como si únicamente mi voluntad impidiera al avión estrellarse en pleno vuelo, o, a la tempestad, retrasar el correo en marcha. Me sorprendo, a veces, de mi poder.”
Reflexionó aún:
“Es claro, tal vez. Es como la lucha perpetua del jardinero sobre su césped. El peso de su simple mano rechaza al bosque primitivo, que aquélla prepara eternamente.”
Pensó en el piloto:
“Yo lo salvo del miedo. No es a él a quien atacaba, es, a través de él, a esa resistencia que paraliza a los hombres ante lo desconocido. Si lo escucho, si lo compadezco, si tomo en serio su aventura, creerá volver del país del misterio, y sólo del misterio se tiene miedo. Es preciso que no hay más misterios. Es preciso que los hombres desciendan a ese pozo oscuro y, al remontarlo, digan que no han encontrado nada. Es preciso que ese hombre descienda al más íntimo corazón de la noche, en su espesura, sin siquiera esa pequeña lámpara de minero, que no alumbra más que a las manos o al ala, pero que aparta a lo desconocido a una braza de distancia.”


Pero Rivière titubeaba, frente a esta luminosidad, como un buscador de oro frente a vedados campos auríferos. Los acontecimientos, en el Sur, desmentían a Rivière, único defensor de los vuelos nocturnos. Sus adversarios sacarían de un desastre en Patagonia una posición moral tan fuerte, que tal vez harían impotente en adelante la fe de Rivière; pero la fe de Rivière no había vacilado: una grieta en su obra habría permitido el drama, y el drama evidenciaba esa hendidura, pero no probaba nada más. “tal vez sean necesarias, en el Oeste, algunas estaciones de observación... Lo estudiaremos.” Pensaba además: “Mis razones para insistir son las mismas e igualmente sólidas; en cambio, he descartado una posible causa de accidentes: la que acaba de hacerse patente.” Los reveses robustecen a los fuertes. Desgraciadamente, contra los hombres se practica un juego donde entra muy poco en consideración el verdadero sentido de las cosas. Se gana o se pierde según las apariencias. Se marcan puntos miserables, y uno se encuentra atenazado por la apariencia de una derrota.


¡Qué injusticia, qué bribonada la de esa luna que se mostraba ostentosa y desocupada sobre Buenos Aires! La joven mujer se acordó de repente que apenas eran necesarias dos horas para ir de Comodoro a Trelew.


Había llegado a esa frontera donde se plantea, no el problema de un pequeño peligro personal, sino el de la acción. Frente a Rivière se erguía, no la mujer de Fabien, sino otro sentido de la vida. Rivière sólo podía escuchar, compadecer a aquella voz, a aquel canto tan enormemente triste, pero enemigo. Pues ni la acción, ni la felicidad individual admiten particiones: están en conflicto. Esta mujer hablaba también en nombre de un mundo absoluto, y de sus deberes y de sus derechos. El mundo del resplandor de la lámpara doméstica sobre una mesa, de una patria de esperanzas, de ternuras, de recuerdos. Exigía su bien y tenía razón, aunque no podía oponer nada a la verdad de esta mujer. Él descubría, a la luz de una humilde lámpara doméstica, que su propia verdad era inexpresable e inhumana.


Un ingeniero había dicho un día a Rivière, cuando se inclinaba sobre un herido, junto a un puente en construcción: “Ese punte, ¿vale el precio de un rostro aplastado?” Ningún labrador, para quienes aquella carretera se abría, hubiera aceptado, para ahorrarse un rodeo, mutilar ese rostro espantoso. Y, sin embargo, se construían puentes. El ingeniero había añadido: “el interés general está formado por los intereses particulares: no justifica nada más.” “Y, no obstante –le había respondido más tarde Rivière-, si la vida humana no tiene precio, nosotros obramos siempre como si alguna cosa sobrepasase, en valor, a la vida humana... Pero ¿qué?”


“Amar, amar únicamente, ¡qué callejón sin salida!” Rivière tuvo la oscura conciencia de un deber más grande que el de amar. O se trataba también de una ternura, ¡pero tan diferente de las otras! Evocó una frase: “Se trata de hacerlos eternos...” ¿Dónde lo había leído? “Lo que vos perseguís en vos mismo muere.” Imaginó un templo al dios Sol de los antiguos incas del Perú. Aquellas piedras erguidas sobre la montaña. ¿Qué quedaría, sin ellas, de una civilización poderosa que gravitaba con el peso de sus piedras, sobre el hombre actual, como un remordimiento? “¿En nombre de qué rigor o de qué extraño amor, el conductor de pueblos de antaño, constriñendo a sus muchedumbres a construir ese templo sobre la montaña, les impuso la obligación de erguir su eternidad?” Rivière se imaginó aún a los habitantes de las pequeñas ciudades que, en el crepúsculo, dan vueltas alrededor de sus quioscos de música: “Esa especie de felicidad, ese arnés...”, pensó. El conductor de pueblos de antaño, tal vez no tuvo piedad por el dolor del hombre; pero tuvo una inmensa piedad por su muerte. No por su muerte individual, sino piedad por la especie que el mar de arena borraría. Y él conducía a su pueblo a levantar, por lo menos, algunas piedras que el desierto no había de sepultar.


Rivière piensa en la mano de Fabien, que por algunos minutos posee aún su destino en los mandos. Esa mano que ha acariciado. Esa mano que se ha posado sobre un rostro, y ha cambiado a ese rostro. Ese mano que ha sido milagrosa.


... “Ya lo ve usted, Robineau, en la vida no existen soluciones. Existen sólo piezas en movimiento: es preciso crearlas, y las soluciones vienen detrás.”


... Esa mujer era muy hermosa. Revelaba a los hombres el mundo sagrado de la felicidad. Revelaba qué materia augusta se lastima, sin saberlo, al actuar.


“No pedimos ser eternos; pedimos tan sólo no ver que los actos y las cosas pierden de repente su sentido. El vacío que nos envuelve, se hace entonces patente...”


Las ondas cortas son así. Se las capta allí, se es sordo a ellas aquí. Luego, sin razón alguna, todo cambia. Esa tripulación, cuya posición es desconocida, se manifiesta ya a los vivos, fuera del espacio, fuera del tiempo; y sobre las hojas blancas de las estaciones de radio son ya fantasmas que escriben.


¿Victoria? ¿Derrota...? Estas palabras carecen de significación. La vida está por debajo de esas imágenes y prepara ya otras nuevas. Una victoria debilita a un pueblo, una derrota despierta otro. La derrota que ha sufrido Rivière es tal vez una enseñanza que se aproxima la verdadera victoria. Sólo importa el acontecimiento en marcha.


(Vuelo Nocturno, Antoine de Saint-Exupéry)

notas sobre "Correo del Sur"



... “Sólo soy un obrero, establezco el correo de África.” Y para el obrero, que cada día comienza a construir el mundo, el mundo comienza cada día.


¡Qué mundo bien ordenado desde los 3000 metros! Ordenado como la majada de su redil. Casas, canales, rutas, juguetes de los hombres. Mundo loteado, mundo embaldosado, en el que a cada campo corresponde su cerco, al parque su muro. Carcasona, donde cada mercera repite la vida de su abuela. Humildes felicidades parceladas. Juguetes de los hombres bien ordenados en su vitrina.


Bernís sonreía; los pilotos jóvenes se inclinan a la fantasía. Una roca pasa, en tiro de honda, y lo asesina. Un niño corre, pero una mano lo sujeta por la frene y lo tira hacia atrás...


¿Quién te ha enseñado luego, Santiago Bernís, a correr mundo? ¿El avión? Se avanza lentamente cavando un agujero en un cristal duro. Poco a poco las ciudades se remplazan una por otra, hay que aterrizar para corporizarse en ellas. Ahora sabes que esa riquezas son sólo ofrecimientos que luego se borran lavadas por las horas como por el mar. Mas al regreso de tus primeros viajes, ¿en qué hombre creías haberte convertido y por qué aquel deseo de confrontarlo con el fantasma de un chiquillo tierno? Desde tu primera licencia me trasportaste al colegio; desde el Sahara, Bernís, donde espero tu paso, recuerdo con melancolía aquella visita a nuestra infancia.


Volvíamos sólidos, firmes sobre nuestros músculos viriles. Habíamos luchado, habíamos sufrido, habíamos atravesado tierras sin límites, habíamos amado a algunas mujeres, a veces habíamos jugado a cara o cruz con la muerte, simplemente para liberarnos del temor que había dominado nuestra infancia, temor a los castigos y encierros, para poder asistir, invulnerables, a las lecturas de las notas del sábado a la noche.


... Si realmente el hombre que ama a una mujer se transforma en su esclavo, como Pirro, o en su verdugo, como Nerón. Si realmente responde el África, sus soledades y su cielo azul, a las enseñanzas del profesor de geografía (¿Y los avestruces que cierran los ojos para protegerse?) Santiago Bernís se inclinaba algo, pues poseía grandes secretos, pero los profesores se los robaban.


“¿Por qué volvió al país?” Bernís no les respondió, pero los viejos profesores conocías las almas y, guiñando el ojo, pensaban en el amor...


... Bernís está perdido. Un segundo más y será arrojado para siempre de esta casa trastornada y que apenas comenzaba a comprender.


... Cada habitante tiene diez mil metros de cielo puro sobre él, un cielo que llega hasta los cirrus.


Tengo que volver atrás y hablar acerca de aquellos dos meses, pues de otro modo ¿qué quedaría de ellos?


Dos meses antes subía hacia París, pero después de tanta ausencia ya no se vuelve a encontrar el mismo lugar, uno molesta en la ciudad.


“Pero por supuesto, el mismo. Sus asuntos no marchan muy bien. Bueno, tú sabes... la vida.” Todos eran prisioneros de sí mismos, limitados por un freno oscuro, y no como él, un fugitivo, un niño pobre, un mago.


Aquella mujer en un rincón del bar... la reconocía con su rostro apenas fatigado por haber servido tantas sonrisas. Aquel barman... el mismo.


Trayecto en automóvil desde el aeropuerto hasta la estación; rostros cerrados, endurecidos, frente al suyo; manos que llevaban grabado el destino, que descansaban chatas, pesadas, sobre las rodillas; campesinos, rozados apenas, que volvían del campo; jovencitas que ante su puerta aguardaba un hombre entre cien mil, que había renunciado a cine mil esperanzas; madre que acunaba un hijo del que ya era prisionera, que ya no podía huir.


¡Y las primaveras! ¿Recuerdas aquella primavera después de la lluvia gris de Tolosa? ¡Qué nuevo era el aire que circulaba entre las cosas! Cada mujer contenía un secreto, un acento, un gesto, un silencio. Y todas eran deseables.


“Genoveva, ¿tiees un amante?”
¡Esta vez sí que enrojecerías! Pero no. Sonreías sin turbación. Sacudías la cabeza. En tu reino, una estación aporta las flores, el otoño los frutos, una estación aporta el amor, la vida es simple.


Los hombres, ahora, inclinan hacia Genoveva sus pecheras blancas y cumplen el oficio de seductores, como si la mujer se ganara con ideas, con imágenes, como si la mujer fuera el premio de semejante concurso. También el marido se muestra encantador y la deseará por la noche. La descubre cuando los otros la han deseado, cuando en su vestido de noche, su fulgor, su deseo de gustar, brilló bajo la mujer, algo de la cortesana. Ella piensa: ama lo mediocre. ¿Por qué no se la amará nunca entera? Se ama una parte de ella, pero se deja la otra en la sombra. Se la ama como se ama a la música, el lujo. Es espiritual o sentimental y se le desea, pero lo que cree, lo que siente, lo que lleva en sí… de eso se burlan. La ternura por su hijo, las más razonables preocupaciones, toda esa región en sombra la descuidan.


El médico se asombraba de esa joven que no lloraba, que no pronunciaba ninguna palabra inútil, y que lo servía como una enfermera hábil; admiraba esa pequeña sirvienta de la vida.


Pero esa observación destinada al globo inflado que él era, a su nulidad frente a las cosas, fue el latigazo decisivo sobre su exaltación. Y declamó. Sí, ellasiempre había sido indiferente a sus esfuerzos, coqueta, liviana. Sí, él, Herlin, había sido por mucho tiempo la víctima, que volcaba en ella todas sus energías. Si, pero eso no era nada, todo lo sufría solo, siempre estamos solos en la vida.


Ella apoyaba la frente en el hombro de Bernís, y Bernís creyó que Genoveva, toda ella, encontraba allí refugio. Seguramente también lo creyó ella. Seguramente ellos no sabían que bajo la caricia se aventuraba muy poca cosa de uno mismo.


“Entonces, por supuesto, cuando todo termina no se siente una gran desesperación. Uno está casi asombrado de esa paz, de ese silencio. Yo pensaba… pensaba: ‘El niño descansa.’ Eso es todo. Me parecía también que yo desembarcaba al amanecer, muy lejos, no sé dónde, y que no sabía qué hacer. Pensaba: ‘Hemos llegado.’ Miraba las jeringas, las drogas, y me decía: ‘Ya nada de esto tiene sentido… hemos llegado.’ Y me desmaye.”


Sí, ya sé, en la turbación de hoy… Pero los dramas son raros en la vida, hay tan pocas amistades, tan pocas ternuras, tan pocos amores que liquidar. A pesar de lo que dices de Herlin, un hombre no cuenta gran cosa. Yo creo… que la vida tiene otros puntos de apoyo, las costumbres, las convivencias, las leyes, todo eso cuya necesidad no sientes, todo eso de lo que has escapado… es eso lo que le proporciona un marco. Para existir hyace falta estar rodeado de realidades que permanezcan. Pero, absurdo o injusto, todo esto es sólo leguaje, y Genoveva, cuando tú la lleves, quedará privada de Genoveva.
Y además, ¿sabe ella de qué tiene necesidad? Ese hábito mismo de la fortuna, que ella ignora. El dinero es lo que permite la conquista de los bienes, la agitación exterior –y su vida es interior- pero es la fortuna la que hace durar las cosas. Ella es el río invisible, subterráneo, que alimenta durante un siglo las paredes de una morada, los recuerdo, el alma. Y tú vas a vaciarle la vida como se vacía un departamente de mil objetos que yo no se ven pero que lo componen.
Pero me imagino que para ti amar es nacer. Creerás llevarte una Genoveva nueva. Para ti el amor es aquel color de ojos que a veces veis en ella y que será fácil alimentar como una lámpara. Es verdasd que en algunas ocasiones las palabras más simples parecen cargadas de poder como para ello y que es fácil alimentar el amor…
Vivir, indudablemente, es otra cosa.


“No es nada –pensaba Genoveva-, todavía soy una extraña en una vida que no es la mía.” Se hundió en un sillón y cerró los ojos. Lo mismo que en la cabina del expreso, cada segundo que se vive arroja hacia atrás casas, bosques, aldeas. Sin embargo, si se abren los ojos en la cama sólo se ve un aro de cuero, siempre el mismo. Nos transformamos sn darnos cuenta. “Dentro de ocho días abriré losojos y seré otra, nueva: él me lleva.”


Luego se interrumpió, adivinaba que la desnudez qe anhelaba era un lujo mucho mayor, que exigía muchos objetos más que esas máscaras sobre sus rostros. Aquel vestíbulo donde jugaba de niña, aquellos parquets brillantes de roble, aquellas mesas macizas, capaces de atravesar siglos sin pasarse de moda ni envejecer…


… Ella quiere amar la imagen del amor; no tiene otra cosa que la defienda que esta débil imagen…


… Cada árbol era tan difícil de alcanzar; cada árbol, uno detrás de otro, y había que recomenzar a cada instante.

… Un ejército sin fe no puede conquistar.


… El corazón late demasiado rápido y duele. Lo mismo ocurre en un vagón: el ruido de los ejes esconde la fuga, los ejes golpean como el corazón; apoyamos la frente contra el vidrio y el paisaje fluye en masas negras que finalmente el horizonte recoge, y cerca poco a poco la paz, dulce como la muerte.


… Cuando uno se abandona no sufre, aun cuando se abandone a la tristeza, ya no sufre.


… “Usted es todo… todo mi amor.” Y era verdad, pero por esas palabras él supo también que no estaban hechos el uno para el otro.


…Sabía que su trabajo lo rodaría de lazos tan materiales que volvería a asirse a una realidad; también sabía que en la vida cotidiana el menor paso adquiere la importancia de un hecho y que el desastre moral pierde en ella parte de su significación hasta las bromas de la escala conservarían su sabor. Era raro, y, sin embargo, cierto, pero no se interesaban en sí mismo.


“Oh, prisioneros, comprendedme. Yo os libero de vuestra ciencia, de vuestras fórmulas, de vuestras leyes, de la esclavitud del espíritu. Del determinismo más duro que la fatalidad. Soy la falla en la armadura, soy el tragaluz en la prisión, soy el error en el cálculo: yo soy la vida.


… Mujeres con las que nos cruzamos una sola vez en la vida, la oportunidad única. Allá, Montmartre, de luz más cruda.


Ya se había desplegado en él todo el fervor, y se decía. “Tú no puedes darme nada de lo que deseo.” Y sin embargo su aislamiento era tan cruel que tuvo necesidad de ella.


Tenía demasiada vida interior como para pensar en un accidente personal. Esas ideas ocurren en los corazones vacíos, pero la imagen del armario le encantaba. Hay cosas imposibles… pero aun así las dominará.


El cielo está amarillo. En unas horas el viento desordenará un desierto modelado, durante meses, por el viento del norte. Días de desorden, las dunas, tomadas de soslayo, extienden su arena en largas mechas, y cda una se deshilacha para rehacerse un poco más lejos.


… tú, que no nos hablarás ni del amor ni de la muerte, de nunguno de los verdaderso problemas, sino de la dirección del viento, del estado del cielo, del motor; que reírás del chiste de un mecánico, te quejarás del calor, te asemejarás a cualquiera de nosotros.


… Estábamos perdidos en el confín del mundo porque sabíamos ya que viajar es ante todo cambiar de carne.


Huir, ahí estaba lo importante. A los diez años nos refugiamos en el maderamen del granero. Pájaros muertos, viejas valijas desvencijadas, ropas extraordinarias: algo así como los entretelones de la vida. y el tesoro que decíamos escondido, el tesoro de las casas antiguas, exactamente descrito en los cuentos de hadas: zafiros, ópalos, diamantes. Tesoro que brillaba débilmente. ¿Cuál era la razón de ser de cada muro, de cada viga? Vigas enormes que defendían la casa de sabe Dios qué. Sí. Del tiempo. Porque éste era entre nosotros el gran enemigo. De él nos protegíamos con las tradiciones, con el culto al pasado.


El inspector golpeaba el boleto:
-Si va usted de París a Tolosa, ¿por qué se baja aquí?
-Seguiré en el próximo tren.
El inspector le clavaba los ojos. Vacilaba en entregarle no una ruta, un arroyo, rosas silvestres, sino ese reino que desde Merlín se sabe penetrar bajo las apariencias. Finalmente ha de haber leído en Bernís las tres virtudes indispensables –de Orfeo en adelante- para estos viajes: coraje, juventud, amor…


Esa misma noche el carro, el ómnibus, el rápido le permitirán esa fuga embrollada que nos conduce al mundo desde Orfeo, desde la bella durmiente del bosque. Parecerá un pasajero igual a cualquier otro, en camino a Tolosa, con la mejilla blanca apoyada contra el vidrio. Pero en el fondo del corazón llevarán un recuerdo que no se puede contar, “color de luna”, “color de tiempo”


Bernís sonrió, pensando en los mil trabajitos, en los mil pequeños ajetreos de la casa. Se caminaba a lo largo del día sirviendo a las mismas necesidades, ordenando el mismo desorden. Los dramas tenían allí muy poca importancia, bastaba con ser un viajero, un extranjero, para sonreír…
“La noche –pensaba- caía aquí exactamente igual que en otra parte un año entero; era un ciclo cumplido. Al día siguiente, la vida vovlái a empezar. Se caminaba hacia la noche. Entonces no quedaba lugar para ninguna preocupación: las ppersianas cerradas, los libros ordenados, el guardafuego exactamente en su lugar. –Ese descanso ganado hubiese podido ser eterno, a Bernís le gustaba-. Mis noches son menos que treguas…”


-¿Un cigarrillo?
-Sí.
-El sargento mastica su cigarrillo.
-Sargento, mañana encontraré a mi camarada. ¿Dónde crees que está?
El sargento, seguro de sí, me señala todo el horizonte…
Un niño perdido llena el desierto.


Bernís, un día me confesabas: “Amé una vida que no comprendí bien, una vida no totalmente fiel. Ni siquiera sé muy bien de qué he tenido necesidad, era un habre ligera…”
Bernís, un día me confesabas: “Lo que adivinaba se oculta detrás de todas las cosas. Me parecía que con un esfuerzo lograría comprenderlo, conocerlo y llevármelo. Y me iba turbado por aquella presencia de amigo que jamás pude sacar a la luz…”
Tengo la impresión de que un barco zozobra. Tengo la impresión de que un niño se calma. Tengo la impresión de que el temblor de velas, de mástiles y de esperanzas entra en el mar.


(Correo del Sur, Antoine de Saint-Exupéry)

domingo, 12 de febrero de 2012

Movimientos sobre el tablero

Entonces miré detenidamente a John Galt. Parecía amable y bueno pero vi un dolor profundo en sus ojos que antes no había visto nunca. Más que un hombre que había querido ser feliz parecía un hombre que había perdido dos peones en los primeros movimientos de una partida de ajedrez sin sacar ninguna ventaja.

(Hollywood, Charles Bukowski)

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jueves, 9 de febrero de 2012

notas sobre "Las leyes de la acción"

Las leyes de la acción
(comentarios de André Maurios sobre Saint-Exupéry)


... “Entonces nos sentimos felices al estar unidos a nuestros hermanos por un objetivo común, situado fuera de nosotros, y la experiencia nos enseña que amar no es mirarnos mutuamente, sino mirar juntos en las misma dirección. No existen compañeros si no están unidos por una misma cuerda y marchan hacia la misma cúspide...” El hombre que forma parte de un grupo supera infinitamente al individuo solitario, debido a que sus compañero tiene confianza en él y desean hacerse dignos de su confianza.


... Pero se observa en las novelas de Saint-Exupéry que el aviador no tiene tanto tiempo como el soldado o como el marino para soñar con la amada.


El hombre de acción es un poeta en el sentido directo de la palabra, porque es él “quien hace algo, el que crea”.


... Sus oyentes escuchan encantados a Saint-Ex, hasta el momento en que, terminado el poema y su demostración, vuelve a caer en su mutismo o bien hace un juego de manos con naipes o canta una canción. Porque es una de las leyes de la acción heroica, engendrar seres que difícilmente se doblegan a las conveniencias mundanas y sociales.


... “Para un hombre la verdad es lo que hace de él un hombre...”



¿Qué es liberar? Si libero en un desierto a un hombre que no experimenta nada, ¿qué significa su libertad? No hay libertad sino en un hombre que va a alguna parte. Liberar a aquel hombre consistiría en enseñarle la sed y trazarle una senda hasta un pozo. Solamente entonces se le propondría tareas con significado. Liberar una piedra, sino existe la gravedad, no significa nada. Pues la piedra, una vez libre, no irá a ninguna parte...


Resumamos: La vida de acción es peligrosa; la muerte está siempre en acecho; no existe la verdad absoluta; pero el sacrificio templa a los hombres que serán dueños del mundo, porque son dueños de sí mismos. Tal es la severa filosofía del piloto. Lo extraño es que extraiga de ella una manera de ser optimista. Los escritores sedentarios que se recogen en sus pasiones, son pesimistas porque están aislados. El hombre de acción ignora el egoísmo porque sólo se conoce a sí mismo como parte integrante de un grupo. El combatiente, como ve la meta, desprecia las pequeñeces de los hombres. Los que trabajan juntos, los que tiene una responsabilidad común, se elevan por encima del odio “Es una cualidad que no tiene nombre. Tal vez la gravedad, pero el nombre no me satisface. Es la cualidad del carpintero que se encara con su pieza de madera, la palpa, la mide, la considera, y en lugar de tratarla con ligereza, reúne en ella todas sus aptitudes.” ¿De qué se trata? ¿De tener desprecio a la muerte? No. “La grandeza consiste en sentirse responsable... Un poco responsable del destino de los hombres, en cuanto podamos serlo por nuestro trabajo”

notas sobre "El Principito"



... Las personas mayores no pueden comprender nunca por sí mismas, y es molesto para los niños tener que estar dándoles siempre explicaciones.


-¿Sabes?... Cuando uno está realmente triste le gustan las puestas de sol.


-Conozco un planeta donde vive un señor color escarlata: jamás ha amado a nadie. Sólo ha hecho sumas y restas. Y todo el día está diciendo como tú: ¡Soy un hombre serio, soy un hombre serio!... esto lo llena de orgullo. Pero no es hombre: ¡Es realmente un hongo!


No sabía cómo consolarlo, qué decirle. No sabía cómo lograr que de nuevo tuviera confianza en mí me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!


... nunca se debe escuchar a las flores. Sólo se debe mirarlas y olerlas.


... ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saberla amar”...


-Exacto. A cada uno hay que exigirle lo que cada uno pueda dar –replicó el rey-. La autoridad reposa, en primer lugar, en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se eche al mar, hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.


-¿Dónde están los hombres? –preguntó al fin el principito-. Se siente uno un poco solo en el desierto...
-También se siente uno solo entre los hombres –dijo la serpiente.


-Mi vida es monótona: cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Por eso me aburro un poco. Pero si tú me domesticas, mi vida se iluminará. Conoceré un ruido de pasos diferentes a los otros. Los otros pasos harán que me oculte, los tuyos me llamarán como una música. Y, además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan; para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me sugieren nada. Eso es triste pero tu tienes los cabellos dorados. ¡Será maravilloso si mi domesticas! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y amaré el ruido del viento en el trigo...


-Adiós –le contestó el zorro-. Este es mi secreto. Muy sencillo: sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.


(El Principito, Antoine de Saint-Exupéry)

desfile de alebrijes 4


miércoles, 8 de febrero de 2012

La vida hace la obra de

Fernand Léger


… Me parece que los árboles tienen una fuerza animal. Si los pájaros se esconden en los árboles, es porque hay una afinidad entre ellos. Los árboles tienen algo en común con los animales. ¡y qué diversidad de expresión! Me acuerdo de un claro de luna sobre unos plátanos derribados, tendidos. Daba miedo, realmente era horrible, era demoníaco. Eran como bestias masacradas. Había ramas que gritaban otras veces, se ve en ellos tal serenidad. Pero no son aceptables más que sin hojas. No hay dos iguales. Los arboles son mi gran pasión. No descanso cuando hay árboles entorno mío. me inspiran un gran deseo de pintarlos, pero sé que jamás podré pintarlos tal como los veo ¿Cómo llegar a darles más expresión que la que tienen? Me siento derrotado de antemano. Y que cosa tan extrañas, la vida y muerte de los árboles.


Ahora, cuando pienso en aquellos años, me doy cuenta de que los impresionistas hicieron una revolución formidable. Pusieron final al claroscuro. Su revolución es mucho más grande que la nuestra. ¡Qué juegos de colores puros! Aquellos cinco o seis fulanos que se morían de hambre dominaron una situación más difícil que la nuestra… no quiero decir que fuera fácil para nosotros, pero no podemos compararnos con ellos: llegamos a un terreno revolucionario, ya preparado, lo cual importa mucho.


La expresión siempre ha sido un elemento demasiado sentimental para mí, yo percibía la figura humana no solamente como un objeto, sino que, como la maquina me parecía tan plástica, quería dar a la figura humana la misma plasticidad.


… Desde el punto de vista arquitectónico, hay una revolución completa por hacer: el día que la chimenea no ocupo ya la mitad de la pared, en que las paredes seann de diferentes colores, una roja, la otra azul o amarilla, se habrá dado un gran paso. Llamo estas paredes ‘los rectángulos elásticos’, porque, según el color, cambia su valor. Es espantosa una pared blanca. Sólo el color pude destruir su superficie muerta. (…) fueron unos héroes estos arquitectos que pudieron acabar con el decorado de fin de siglo (…) la arquitectura que por la fuerza de las circunstancias evoluciona más lentamente, no ha captado todavía por completo el espíritu de la época. Pero el día que lo capte, inmediatamente el arte atstracto encontrará su lugar.


… me di cuanta que para gozar del arte hace falta cierta cultura, hace falta educación y hace falta tiempo, y mientras la gente trabaje hasta las siete de la noche no hay nada que hacer… me acuerdo que en 1936-1937, cuando, después de mucho porfiar, se consiguió que el Louvre continuase abierto después de las horas de trabajo una semana al mes… ¿qué fue lo que pasó? La primera semana la gente acudíó –se había hablado tanto del asunto-, pero todo se presentaban a ver la gioconda, hacían colas. ‘Es la obra maestra de Rafael’, escuché que alguien le decía a su acompañante. Buscaban el nombre del pintor. No sabían nada, pero la Gioconda es lo que iban a ver, y una semana más tarde ya no volvieron. Así que no basta dejar abertos los museos. Hay que guiar a la gente, es un trabajo muy largo y delicado, pero estoy segro que, si tuvieran tiempo libre, los trabajadores progresarían más que los burgueses, porque son vivaces y sanos.