martes, 4 de marzo de 2014

La nieve del almirante

            En el Crac de los Caballeros de Rodas, cuyas ruinas se levantan en un acantilado cerca de Trípoli, hay una tumba anónima que tiene la siguiente inscripción: “No era aquí”. No hay día en que no medite en estas palabras. Son tan claras y al mismo tiempo encierran todo el misterio que nos es dado soportar.


... Como toda persona que ha recibido una formación militar, para él los civiles somos una suerte de torpe estorbo que hay que proteger y tolerar; siempre empeñados en negocios turbios y en empresas de una flagrante necedad, no saben mandar ni saben obedecer, o sea, no saben pasar por el mundo sin sembrar el desorden y la inquietud.


... Un día amaneció muerto, tirado en el suelo de su camarote. En la mano apretaba la Cruz de Hierro que escondía debajo de la almohada y enseñaba con orgullo en la altamar de sus borracheras.



... Son sueños que preludian la felicidad y de los que se desprende una particular energía, una como anticipación de la dicha, efímera, es cierto, y que de inmediato se trasforma en el inevitable clima de derrota que me es familiar. Pero basta esa ráfaga que apenas permanece y que me lleva a prever días mejores, para sostenerme en el caótico derrumbe de proyectos y desastradas aventuras que es mi vida.


(La nieve del almirante, Álvaro Mutis) 

lunes, 24 de febrero de 2014

Cosmos

            Un cangrejo de Heike


            La idea de que cada organismo hubiese sido construido meticulosamente por un gran diseñador proporciona a la naturaleza significado y orden.


            Los secretos de la evolución son la muerte y el tiempo.


            La vida nació casi inmediatamente después del origen de la tierra, lo cual sugiere que quizás la vida sea un proceso químico inevitable en planetas semejantes a la tierra.


            Cuando decimos que la búsqueda de vida en otros mundos es importante, no garantizamos que sea fácil de encontrar, sino que vale mucho la pena buscarla.


            "Todo el bienestar y la adversidad que acaecen al hombre y a otras criaturas llegan a través del siete y del doce. Los doce signos del zodiaco, como dice la religión, son los doce capitanes del bando de la luz, y los siete planetas son los siete capitanes del bando de la oscuridad. Y los siete planetas oprimen todo lo creado y lo entregan a la muerte y a toda clase de males: porque los doce signos del zodiaco y los siete planetas gobiernan el destino del mundo"
Menok i Xrat,
obra zoroástrica tardía.


            "No nos preguntamos qué propósito útil hay en el canto de los pájaros, cantar es su deseo que fueron creados para cantar. Del mismo modo no debemos preguntarnos porque la mente humana se preocupa por penetrar los secretos del cielo..."
Johannes Kepler,

Mysterium Cosmographicum.  

(Cosmos, Carl Sagan)

lunes, 27 de enero de 2014

La corista



Pasha se acostó y se echó a llorar en voz alta. Ya tenía lástima por las alhajas que había entregado impulsivamente y se sentía ofendida. Luego recordó cómo, tres años antes, un comerciante le había pegado sin motivo alguno, y lloró aun más fuerte.


(La corista, Antón Chéjov) 

viernes, 17 de enero de 2014

La casa del sotabanco



            -Lo peor es –barbotaba caminado a mi lado- lo peor es que uno trabaja sin encontrar comprensión. ¡Ninguna comprensión!


            -No tiene importancia –dije-. No se debe buscar milagros solamente junto a los enfermos y los curanderos. ¿Acaso la salud no es un milagro? ¿Y la vida misma? Lo que es incomprensible ya es un milagro.


... El hombre debe considerarse por encima de los leones, de los tigres, de las estrellas, por encima de todo lo que existe en la naturaleza, hasta por encima de lo que no se comprende y lo que parece milagroso, sino no sería un hombre sino un ratón que teme a todo el mundo.


            -Dígame, ¿por qué lleva usted una vida tan aburrida, tan incolora? –le pregunté a Belokúrov por el camino-. Mi vida sí es aburrida, pesada y monótona porque soy pintor, soy un hombre raro; estoy, desde mis años juveniles, maltratado por la envidia, por el descontento conmigo mismo, por la falta de fe en mi actividad; soy siempre pobre, soy un vagabundo; pero usted, usted es un hombre normal, sano; es un terrateniente, un señor; ¿por qué toma usted tan poco de la vida? ¿Por qué, por ejemplo, no se ha enamorado usted de Lida o de Yenia?


            -No se trata de pesimismo ni de optimismo –observé con irritación-. Lo que ocurre es que el noventa y nueve por ciento de los hombres carece de inteligencia.


            -Tengo una convicción bien definida al respecto –respondí, mientras ella se escondía detrás del diario como si no quisiera escucharme-. A mi juicio, los puestos médicos, las escuelas, las bibliotecas, los botiquines, dadas las condiciones existentes, no sirven sino para la opresión. El pueblo está atado con una gran cadena y ustedes, lejos de cortarla, le agregan nuevos eslabones. He aquí mi convicción.


            -Lo importante no es que Ana haya muerto de parto, sino el hecho de que todas estas Anas, Mavras, Pelagias, encorvan sus espaldas desde el amanecer hasta la noche; se enferman a causa del trabajo excesivo; durante toda la vida tiemblan por sus hijos, hambrientos y dolientes; durante toda la vida temen a las enfermedades y a la muerte; durante toda la vida tratan de curarse, pero se marchitan temprano, envejecen temprano y mueren en el hedor y en la suciedad; sus hijos, al crecer, recomienzan la misma historia y así transcurren centenares de años y miles de millones de personas viven peor que las bestias (sólo por un mendrugo de pan) sintiendo un miedo continuo. Lo terrible de su situación está en que no tienen tiempo de pensar en su alma; no tienen tiempo de recordar la imagen humana; el hambre, el frío, el miedo bestial, la enormidad del trabajo, cual aludes de nieve, les obstruyeron todos los caminos hacia la actividad espiritual, es decir, a lo que distinguen al hombre del animal y que constituye lo único por lo cual vale la pena vivir. Ustedes acuden en su ayuda con hospitales y escuelas, pero, lejos de liberarlos de sus ataduras, por el contrario, los esclavizan más aun, ya que, al introducir en su vida nuevos prejuicios, ustedes aumentan el número de necesidades, sin hablar de que por los emplastos y por los libros, ellos deben pagar al zemstvo, o sea, doblar aun más la espalda.


            -La alfabetización de los mujiks, los libros con míseras instrucciones y máximas y los puestos médicos no pueden disminuir la ignorancia ni la mortalidad, de la misma manera que la luz de las ventanas no pueden iluminar este enorme jardín –proseguí-. Ustedes no aportan nada; con su intromisión en la vida de esta gente ustedes no hace sino crear nuevas necesidades, nuevos motivos para el trabajo.


            -Hay que liberar a la gente del pesado trabajo físico –sostuve-. Hay que aliviar el yugo, darles un respiro, para que no pasen toda su vida junto a los hornos, las artesas y en el campo, sino que tengan también tiempo de pensar en su alma, en Dios, y que puedan manifestar en forma más amplia sus condiciones espirituales. La vocación de todo hombre está en la actividad espiritual, en la constante búsqueda de la verdad y del sentido de la vida. Hagan, pues, que les sea innecesario el brutal trabajo de bestias; permítanles sentirse en libertad y verán entonces que estos libritos y botiquines son, en realidad, una burla. Una vez que el hombre sea consciente de su auténtica vocación, solo podrán satisfacerle la religión, las ciencias, las artes y no estas menudencias.
            -¡Liberarlos del trabajo! –sonrió Lida-. ¿Acaso ello es posible?
            -Sí. Encárguense de una parte del trabajo de ellos. Si todos los habitantes de la ciudad y del campo, todos sin excepción, consistiéramos dividir entre nosotros el trabajo que en general realiza la humanidad para la satisfacción de sus necesidades físicas, a cada uno no le correspondería quizás más de dos o tres horas por día. Imagínese que todos, los ricos y los pobres, trabajamos solamente tres horas por día y el tiempo restante nos queda libre. Imagínese también que (para depender menos a un de nuestro cuerpo y trabajar menos) inventamos máquinas que nos reemplazan en ciertas labores y tratamos de reducir la cantidad de nuestras necesidades hasta el mínimo. Nos templamos a nosotros y a nuestros hijos para no temer al hambre y al frío y no tener que temblar constantemente por la salud de ellos, como tiemblan Ana, Mavra y Pelagia. Imagínese que no nos curamos, no mantenemos farmacias, ni fábricas de tabaco y de bebidas alcohólicas,...


            -La alfabetización que sólo sirve al hombre para leer los letreros de las tabernas y a veces libros que no entiende. Esta alfabetización se mantiene en nuestras aldeas desde los tiempos de Rúrik; Petrushka gogoliano hace ya tiempo que sabe leer, mientras que el campo quedó igual que en la época de Rúrik. No es la alfabetización lo que necesitamos sino la libertad para una amplia manifestación de capacidades espirituales. No son escuelas lo que necesitamos sino universidades. 



... Hay que curar no las enfermedades sino sus causas. Anulen la causa principal (el trabajo físico) y no habrá enfermedades. No reconozco la ciencia que cura –continué exaltado-. Las ciencias y las artes, cuando son auténticas, no aspiran a lograr propósitos temporales o particulares, sino que tienden hacia lo eterno y lo universal: buscan la verdad y el sentido de la vida, buscan a Dios y el alma, pero cuando se las ata a las necesidades y los problemas del día, a los botiquines y las bibliotecas, ellas no hacen sino complicar y entorpecer la vida. Tenemos muchos médicos, farmacéuticos, juristas, mucha gente sabe ahora leer y escribir, pero carecemos totalmente de biólogos, matemáticos, filósofos, poetas. Toda la inteligencia, toda la energía espiritual se fueron gastando para la satisfacción de las necesidades temporales, pasajeras... Los sabios, los escritores y los pintores están abarrotados de trabajo; merced a ellos las comodidades de la vida crecen cada día, las necesidades del cuerpo se multiplican, mientras que la verdad queda lejos todavía y el hombre sigue siendo el animal más feroz y menos pulcro, y todo contribuye para que la humanidad, en su mayoría, se degenere y pierda para siempre su vitalidad. En estas condiciones, la vida de un pintor no tiene sentido, y cuanto más talento tiene, tanto más extraño e incomprensible es su papel, ya que resulta que él trabaja para la diversión de un animal feroz y sucio, sosteniendo el orden existente. Y yo no quiero trabajar y no trabajaré... No precisamos nada, ¡que se hunda la tierra en el infierno!



            -Naturalmente. Somos seres superiores y si, efectivamente, tuviésemos conciencia de toda la fuerza del genio humano y viviésemos sólo para propósitos supremos, al final seríamos como dioses. Pero ello no ocurrirá nunca, la humanidad se va a degenerar y del genio no quedará ni rastro.


            Comienzo a olvidar ya la casa del sotabanco, y sólo alguna vez, cuando escribo o leo, de repente, sin causa ninguna, me acuerdo ora de la luz verde en la ventana, ora del ruido de mis pasos que resonaban de noche en el campo, cuando enamorado volvía a mi casa, frotando las manos por el frío. Y con menos frecuencia aun, en momentos cuando me oprime la soledad y estoy triste, empiezo a recordar vagamente y me parece entonces que a mí también alguien me recuerda, me espera y que nos encontraremos...
            Missus, ¿dónde estás?


(La casa del sotabanco -relato de un pintor-, Antón Chéjov)

lunes, 6 de enero de 2014

Memorias de un antisemita

Pero quizás resultaba más siniestro que no lo hiciera, que no hiciera nada en absoluto, ni en favor ni encontra de ellos, que tomara los sucesos como si ésa fuera, fatalmente, la única forma en que podía ocurrir. Sí, era repugnante; tenía que aceptarlo, pero así era el mundo. No todos los hombres son buenos, algunos son brutales, otros envidiosos, otros coléricos o misóginos y a fin de cuentas las víctimas no siempre son dulces corderitos.
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uno no debe bromear con el terrible poder de la invención; un demente puede crear una realidad que conduzca a millones de hombres a la locura, lo sé, lo sé...


(Memorias de un antisemita, Gregor von Rezzori)
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viernes, 27 de diciembre de 2013

Memorias de un antisemita

-Lo que más me molesta de esos intelectuales es que nunca digan con franqueza lo que piensan. Son como los artilleros que en vez de apuntar directamente al blanco que quieren destruir apuntan hacia otra parte para que las balas caigan donde se supone que deben de caer.
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A los diecinueve años la vida es como un guión que cada cuarto de hora amenaza con convertirse en tragedia.
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Satanás era un ángel caído, un traidor de Dios... Me inquietaba la idea de que la traición, por dañina que fuera, le otorgara una oscura majestuosidad a quién la cometiera.

(Memorias de un antisemita, Gregor von Rezzori)
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lunes, 9 de diciembre de 2013

Memorias de un antisemita

"Skuchno" es una palabra rusa difícil de traducir. Significa algo más que un intenso aburrimiento: un vacío espiritual, un anhelo que atrae como una vorágine imprecisa y vehemente.
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Me gustaba mucho las estancias en casa de mis tíos Hubert y Sophie, sobre todo porque casi siempre iba en las vacaciones. En una ocasión pasé allí varios meses, en espera de que los médicos dieran de alta a mi madre (uno de esos momentos de emergencia que en la infancia son innoblemente percibidos como una fiesta).
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Stiassny era una suerte de genio fallido, con una cultura enciclopédica, doctor en toda clase de ciencias ocultas, solía recorrer ruinas y coleccionaba pedacerías, un "heredero de la decadencia", como él mismo se llamaba.
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Establecía generosamente esta similitud sin reparar en que, aun en la bajeza que nos unía, había diferencias de rango entre el actor soberano y el espectador subalterno que sólo pecaba en pensamiento.

(Memorias de un antisemita, Gregor von Rezzori)
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