El repulsivo terror con que suele
hablarse de la muerte estaba ausente en el dormitorio. En la paralización
general, en la postura de la madre, en la indiferencia del rostro del médico
había algo atrayente, algo que conmovía el corazón, aquella leve y difícilmente
asible belleza del dolor humano que aún no aprendieron a comprender y describir
y que, al parecer, sólo la música sabe trasmitir. Hasta en el sombrío
silencio había belleza; Kirílov y su
mujer callaban, sin llorar, como si, aparte del peso de la pérdida, se
percatasen también del lirismo de su situación; del mismo modo como antaño
había pasado su juventud, así ahora, junto con este niño, desaparecía para
siempre su derecho a tener hijos. El doctor tenía cuarenta y cuatro años,
estaba canoso y parecía un viejo; su enferma y demacrada mujer tenía treinta y
cinco años. Andres no era sólo el único, sino también el último.
-El amor al prójimo es una arma de
doble filo –dijo Kirilov, irritado-...
-... No tengo ningún derecho de
forzar su voluntad. Si quiere, venga conmigo; si no quiere, Dios sea con usted.
Pero no es a su voluntad a la que me dirijo, sino a su sentimiento.
...
En general, la frase, por más bella y profunda que sea, sólo surte efecto sobre
los indiferentes, pero no puede satisfacer a las personas felices o
desdichadas; es por ello que la suprema expresión de la dicha o de la desgracia
es, la mayoría de las veces, el silencio; los enamorados se comprenden mejor
uno al otro cuando están callados, y en apasionado y fervoroso discurso
pronunciado ante una tumba sólo conmueve a los extraños, mientras que a la
viuda y a los hijos del difunto les parece insignificante y frío.
En toda la naturaleza sentíase algo
desesperado, doliente; la tierra, igual que una mujer caída que está sola en
una habitación oscura y trata de no pensar en el pasado, languidecía con sus
recuerdos de la primavera y del verano y esperaba, con apatía , la inevitable
llegada del invierno.
...
–el doctor miró de reojo el estuche del violonchelo- el contrabajo y el
trombón, engorde cuanto le plazca, pero no se mofe del ser humano! ¡Si no sabe
respetarlo, por lo menos, libérelo de su atención!
-Pero... ¿Qué significa todo eso?
–preguntó Aboguin, enrojeciendo.
-Eso significa que no se debe jugar
con la gente. Es una acción indigna, despreciable. Yo soy médico; a los médicos
y, en general, a los trabajadores que no huelen a perfumes y a prostitución,
ustedes nos consideran como sus lacayos y hombres mauvais ton... Y bien,
pueden hacerlo, pero nadie les da derecho a tratar al hombre que sufre como si
fuera un objeto de utilería.
-Desdichado –sonrió despectivamente
el doctor-. No toque esa palabra, ella no tiene nada que ver con usted. Los
haraganes que no encuentran dinero para pagar sus deudas también son
desdichados. El capón agobiado por la excesiva grasa también es desdichado.
¡Qué futilidad!
...
La desgracia, en vez de unir, separa a la gente, y hasta allí donde parecería
que los hombres debieran estar ligados por el dolor común, se cometen más
injusticias y crueldades que en un medio relativamente satisfecho.
...
Condenaba a Aboguin, a su mujer, a Papchinsky y a cuantos vivían en la rosada
penumbra y olían a perfume, y durante todo el camino sentía en su alma odio y
un doloroso desprecio hacia ellos. Y en su mente formóse una firme convicción
acerca de aquella personas.
Pasará el tiempo; pasará también el
dolor de Kirílov, pero esta convicción –injusta, indigna del corazón humano- no
pasará. Quedará en la mente del doctor hasta la misma tumba.
(Enemigos, Antón P. Chéjov)
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