martes, 12 de junio de 2012

El Yo es el Ello



Si toda psicología desde Protágoras ha exaltado al hombre con la idea de que éste es la medida de todas las cosas, con ello lo ha convertido también desde el principio en objeto, en materia de análisis, y una vez colocado al lado de las cosas, lo ha rendido a su nulidad… Mientras la psicología pudo apoyarse en el hecho de que el sujeto en la sociedad del intercambio no es tal sujeto, sino en realidad su objeto, pudo proporcionarle a ésta las armas para hacer tanto más de él un objeto y mantener su sumisión.

(Minima Moralia, T. W. Adorno)

viernes, 8 de junio de 2012

Atrevimiento




Cuando en la comedia de Schnitzler Reigen (Palabra que significa baile en corro y que metafóricamente sintetiza las situaciones creadas en la obra: las relaciones de la prostituta con el soldado, de éste con la doncella, de la misma con el joven caballero, de tal caballero con la dama soltera, de ésta con el hombre casado y así hasta cerrar el corro con las relaciones del conde con la meretriz. Escrita en 1897, su intención era a de mostrar la igualdad de los hombres bajo el impulso sexual. [N. de T.])… Ella sabe que, desde los orígenes, por ser la que consiente es al mismo tiempo la engañada. Y si a causa de ello se repliega en sí misma, tanto más se engañará. Esto es lo que encierra el consejo a la novicia de Wedekind pone en boca de la madama de un burdel: “Sólo hay un camino en este mundo para ser feliz, y es hacerlo todo porque los demás sean lo más felices posibles.” El placer propio tiene como condición un rebajarse sin límites, situación de la que las mujeres, por su temor arcaico, son tan poco dueñas como los hombres en su presunción. No sólo la posibilidad objetiva, también la capacidad subjetiva de felicidad pertenece primariamente a la libertad.


(Minima Moralia, T. W. Adorno) 

jueves, 7 de junio de 2012

notas sobre "Huida al Norte"


... “Parece que aquí se lee mucho”, pensó fugazmente, “quizá también libros alemanes. En realidad conmovedor... tan lejos”. Repentinamente, con una mezcla de bienestar y espanto, le vino a la conciencia que estaba en el extranjero y que de momento no había para ella un camino de retorno. Estaba separada de su país, circunstancias terribles lo habían querido así. En estancias extranjeras podía volver a encontrar inopinadamente, como un regalo, un trozo de Alemania en una estantería de libros. Pues uno puede estar desterrado de su patria, y haberla abandonado con un pasaporte falso; pero por toda la tierra hay repartido algo de ese país que no deja de ser la patria, y ese algo es quizá lo mejor de él, algo que es hermoso encontrar en un sitio cualquiera, en lo que uno se reconoce un poco y resulta muy grato, si bien entristece.


            -Por las tardes esto me ocurre casi siempre –explicó prestamente, cuando Johanna preguntó las razones de su gesto de tristeza-. Es la nostalgia, si. Me viene por la tarde, por el día estoy de buen humor. Es tan consolador que haya alguien con quien poder hablar muchas, muchas veces sobre estas cosas. Usted entenderá todo esto. La gente de aquí es muy amable, personas estupendas, créame; pero no dejan de ser extraños. “Lengua extranjera, corazón extranjero”; eso no deja de ser verdad –(Johanna no había oído mamás ese refrán; sospechó que lo había inventado la señorita Suse.)-.


            Lentamente, casi trastabillando de deseo, se desasieron del primer abrazo para quitarse los vestidos que aún les distinguían de la eterna pareja de amantes, repetida miles de millones de veces. También el desnudarse formaba parte de la ceremonia de la voluptuosidad, que cumplían con reverencia exacta, deshaciéndose prenda a prenda de la ropa hasta que se quedaron desnudos a la luz: entonces dejaron de tener nombre y también lenguaje, cuando, silenciosos, volvieron a acercarse, avanzando tres pasos el uno hacia el otro, a tientas, solemnemente, para encontrarse en medio de la habitación, levantando los brazos desvalidos, y estuvieron cuerpo junto a cuerpo, él y ella, y ambos sintieron la piel del otro y su calor, y se miraron a los ojos, abiertos con mortal seriedad, y cada uno sintió latir el corazón mortal del otro.


... Y yo no consiento, sencillamente no consiento, que aquí se brinde por bárbaros y asesinos. ¡Puede que venzan en todas partes, que marchen adelante y que pronto posean el mundo entero! Pero yo no quiero tenerlos aquí; odio todo eso, su brutalidad y sus consignas, los he odiado en Italia y en Alemania, y aquí, entre nosotros, los odiaré más que nunca.


            -¡Déjalo, déjalo! –Karin la rechazó-. No vamos a hablar de eso. Ya superaré eso, también eso. Se adquiere práctica... –no lo dijo con amargura, sino con una sonrisa extrañamente resplandeciente, muy seria, muy llena de confianza-. Se adquiere práctica en la transformación del dolor –rió misteriosamente-. Pones cara de sorpresa, mi pequeña Johanna –tocó con sus dedos, de un brillo blanquecino, la frente infantil de Johanna-. Pero todo esto es tan fácil... lo que pasa es que yo no creo... ¿cómo podría decirlo? Yo no creo en un despilfarro tan grande. En algún sitio tiene que acumularse todo, también el dolor; tiene que convertirse en valor y en fuerza, aquí o arriba, si es que hay alguna diferencia... también el dolor.


            Johanna mira a Ragnar; pero Ragnar no sabe nada de la carta ni de su contenido, no sabe absolutamente nada de Bruno, ese es otro mundo. Ragnar. Mira de frente con sus ojos estrechos. Qué extraño se le vuelve de súbito a Johanna. Sí, no sabe nada de Bruno, no sabe que hay guerra, y por qué se lucha, nunca podrá entenderlo. Él, por su buenos sentimientos, aborrece al mismo adversario que nosotros combatimos. Eso ya es algo, es mucho, pero no es suficiente. Pues su odio es irreflexivo, incontrolado, no conoce las razones de su odio. Es una antipatía personal, que da testimonio de su carácter, y por eso hay que amarlo más aun. ¿Pero podrá ser alguna vez de lo nuestros? Puedes amarlo tanto como quieras, Johanna, él siempre estará así junto a ti, no sabe nada de ti, ningún abrazo lo acercará a ti del todo, él es extraño, extraño Ragnar.


            Procedía de una familia de funcionarios cristianos-conservadora; la vida en una escuela rural y en toda clase de organizaciones juveniles le había acostumbrado a la actividad en asociaciones. Esta costumbre también hubiera podido conducirle al otro campo; pero eso se lo impedían un pensamiento claro, la necesidad de pureza y la ausencia de cualquier misticismo nacionalista. El momento decisivo había sido la amistad con Georg. Éste, dotado de gran talento pedagógico, le había enseñado; Bruno había sido un objeto agradecido. Era el luchador nato, sólo era necesario concentrar su voluntad en un objetivo de combate. En conversaciones que se prolongaban durante noches enteras, Georg le mostró y explicó el objetivo. Bruno se puso a su disposición sin condiciones.


            -Ay, Ragnar, esa es la verdad: te amo; esa es toda la verdad, y siempre seguirá siendo cierto...
            “Es más cierto que cualquier otra cosa –te amo por entero, del todo y para siempre; tanto, Ragnar, tanto y con tanta fuerza. Ragnar, he visto miles de caras” pensó la arrebatada, bienaventurada, desesperada Johanna, “y conoceré miles. Pero nunca volveré a encontrarme ésta. Nunca volveré a encontrarme una en la que todo, todo me conmueva de tal manera que lloraría sólo con ver su boca, ay, que tendría que sollozar sólo con tocar su cabello con los dedos. ¿Por qué no puede durar esto para siempre, y no puedo quedarme, por qué he de sentir que esto tiene que acabar? ¿Por qué Bruno, un soldado, ha sido detenido? ¿Simplemente porque hay guerra, no una guerra ajena, sino la nuestra? ¿Qué orden me llama a marcharme de aquí? ¿Qué consigna rigurosa me destroza hasta la dicha de este instante, la breve dicha de poderte mirar? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto Ragnar, Ragnar, Que siempre estoy a tu lado como si me separara de ti?”


... Del todo y para siempre, Ragnar, tanto y tan fuerte... Corrió al lavabo con los pies descalzos: la fuerza de sus piernas, sigue riéndose, la fuerza de sus brazos cuando levanta la jarra y vierte agua en la palangana (aquí no hay agua corriente): joven levantando una jarra, joven hundiéndose en el agua fría: la humanidad está expuesta a la transformación más sorprendente, en luchas gigantescas conquista un futuro, se atemoriza ante él, recula ante él, quiere evitarlo y  al final tiene que conquistarlo; tras grandes luchas acaecen grandes transformaciones, todo será diferente, todo será diferente, sólo que lleva su tiempo -: pero algunas imágenes son eternas, joven corriendo descalzo; joven levantando la jarra, metiendo la cabeza en el agua fría –resoplando, haciendo gárgaras, riendo- y la amante  le mira, se levanta del lecho que él ha abandonado, se acerca a la ventana, pero no deja de mirarle, él se vierte agua en pecho y brazos, ya está en medio de un amplio charco. Johanna lleva un pijama de tela azul claro descolorido y arrugado, una ropa muy modesta, un traje de dormir más para una estudiante que para una joven dama.


            -Yo ya sé lo que te angustia –continuó Ragnar, sin soltar su mano-. Son siempre esas cuestiones generales, políticas, ya lo sé, Johanna. Pero esas son cosas totalmente abstractas, irreales, tan lejanas... sin embargo, nosotros estamos aquí- dijo, en voz algo más baja.
            -No es nada irreal –dijo Johanna-. Cada segundo es realidad. Y cada segundo que no pensamos en ello es casi una traición. Ahora han detenido a un amigo mío en Alemania... –(que te amo Ragnar, esa es la verdad, esa es toda la verdad, eso es más verdadero que ninguna otra cosa).
            -Pero nosotros estamos aquí –respondió Ragnar tercamente-. Y sólo estamos aquí una vez, y no volveremos. ¡¿Y quién nos resarcirá si lo perdemos ahora, si lo perdemos aquí y ahora?! Esa es la realidad, Johanna, nuestra realidad, tienes que sentirlo así –dijo, con un movimiento amplio-. ¿Y quién nos resarce si la perdemos ahora? –la atrajo hacia sí con un gesto tan violento como si quisiera iniciar una lucha y no un abrazo. Y sofocó con un beso cualquiera cosa que ella hubiera querido responder.


            -Hemos venido a parar aquí por una casualidad verdaderamente original... tendría que contárselo –dijo, mientras, con gran confianza y deseoso de charlar, se sentaba al lado de Johanna. Le contó una larga historia. En realidad le hubiera gustado ser bailarín, “pero la vida juega con nosotros”, dijo, e intentó elevar los ojos, lo que, a causa del párpado hinchado, le salió bastante mal.


            -¿Tienes de verdad miedo de la muerte? –preguntó repentinamente. Ragnar no pareció sorprendido con esa pregunta.
            -No lo sé –dijo pensativo, y bajó la mirada hacia la cabeza de Johanna, que ésta frotaba contra sus rodillas-. Cuando era niño tenía un miedo terrible de ella; a veces me ha ocurrido que me despertaba en medio de la noche y gritaba, lloraba, sabes, porque se me había ocurrido que tenía que morir. La muerte tenía entonces un rostro y me miraba desde las tinieblas. Se desprendía del terror desde las cuencas de sus ojos... Pero eso ha cambiado, me parece. La muerte no puede ser mala. La vida es mala, sí, esa es la sorpresa. Uno no estaba preparado para eso. Uno se la había representado más fácil, o por lo menos de tristeza más hermosa, ahora creo que la muerte resultará más bien la sorpresa agradable.


            -Ay, Ragnar, Ragnar, prefiero morir... ¡no puedo apartarme de ti, prefiero morir!
            ¿Qué podía responder? Sólo repetir, una y otra vez, los gestos de la ceremonia de la ternura, sólo el beso. Sólo, por no se sabía que vez, el juego sin esperanza de las caricias.
Qué les quedaba por hacer, sino arrojarse a los abrazos, como una pareja desesperada se arroja al tren para que los destroce; dándose la mano, embriagados por la cercanía del otro como por la cercanía de la muerte, salta de la torre, salta del puente, salta de la escotilla del avión sin que uno mire al otro; ya no son extraños entre sí en el instante de esa espantosa comunidad: en silencio, no hay ninguna salida, y así se precipitan en la muerte como en la noche de amor... y así se precipitan en la noche de amor como en la muerte.


            -Quisiera ir a toda costa a Islandia –respondió Ragnar.
            -¡Pero es una locura, Ragnar; si lo piensas bien, es una locura completa!
            Ragnar puso su cara obstinada –ojos estrechos, los labios malhumoradamente fruncidos:
            -Es muy sencillo: quisiera permanecer contigo, y querría estar contigo en un lugar donde estés lo más apartada posible de las preocupaciones que siempre ensombrecen tanto tu cara. ¿Dónde está la locura? Yo no la veo. ¿O está este mundo hecho de manera que se desea una locura completa cuando se quiere permanecer un poco –un rato al menos- con la persona a la que se pertenece? ¿Es la pequeña aspiración a la felicidad un crimen loco en este mundo? –preguntó Ragnar muy airado, deteniéndose en medio de la calle, en esa gris y sucia calle de la ciudad más norteña de Europa-. Merde alors! –gruñó-. Mas no sé decir. Eso sería una cochinada, y éste un mundo muy miserable.
            Johanna respondió –como si las únicas palabras que hubieran oído fueran esas:
            -¿De verdad querrías quedarte conmigo, Ragnar? ¿Te lo has pensado bien? ¿Es eso verdad?
            -En realidad, nunca he creído que pudiera vivir con una persona –explicó Ragnar con solemnidad-. Incluso aunque me hubiera dado un enamoramiento agudo más fuerte que el de esta vez –continuó con severa objetividad-, nunca he creído que eso pudiera ser para siempre. Nunca he sido un bien compañero a la larga; tengo demasiadas cualidades intolerables, y casi todo el mundo tienen también cualidades intolerables. Así que la cosa está muy bien meditada cuando digo: nosotros tenemos que permanecer juntos. Siento que así lo quiere una instancia decisiva. Tampoco yo me engaño. Lo siento muy bien.


            -Pero yo pertenezco a ese pueblo –dijo, casi sin voz-. Yo hablo su lengua.
            Uno puede librarse –replicó-. Eres inteligente, no tienes prejuicios nacionales, podrás expresarte en otros idiomas.
            En la expresión de Johanna se reflejaba un gran tormento.
            -Sin embargo, yo veo todo esto de forma distinta a como lo ves tú –dijo lentamente, vacilante (es inútil, nunca podré aclararle esto)-; yo creo que toda la infelicidad del mundo no procede de un pueblo determinado, sino de la dominación egoísta de una clase. El odio -¡entiéndeme, Ragnar!- el odio no puede nunca ser cosa de un solo pueblo, sino siempre de la forma económica que lo destruye todo. Mientras domine el capitalismo no cesará el dolor, en ninguna parte. Y una Alemania socialista no sería una amenaza para el mundo.
            -Eso es falso –se acaloró Ragnar-. Y es típicamente alemán pensar así. Es típicamente alemán convertir la cuestión económica en una cosmovisión; inmediatamente se introduce el tema de la redención, y el misterio de Viernes Santo, y el gran bombo, El resto de los pueblos podrían solucionar la cuestión de la forma económica, para eso no es necesario volverse asiático y caer en el éxtasis materialista después del nacionalista... todo esto se puede resolver también de forma civilizada. Pero la Prusianidad –sólo la Prusianidad, la más repugnante forma de Asiatismo-, tendrá buen cuidado de que lo razonable se convierta en una catástrofe, una catástrofe típicamente alemana, bajamente alemana; produciría la guerra, y como terror y espanto surgirá el socialismo de la guerra, y entonces habrán conseguido echar a perder y corromper y hacer intolerable para el resto del mundo también lo natural, lo necesario, la reforma económica, para que su registro de pecados sea infinito –respiró agotado, su gran cólera le había cansado considerablemente-. No cabe duda de que no tengo un carácter militante –añadió, en voz más baja-. Pero le deseo a Alemania una derrota de magnitud colosal. Tiene que se hecha trizas para que no pueda volver a moverse. De otra forma no habrá tranquilidad. La última vez salió demasiado bien parada. No ha aprendido nada del regalo de su derrota. Johanna, te digo que tiene que ser controlad y vigilada por los estados civilizados, tiene que someterse a su voluntad por completo, casi convertirse en su colonia; si no, en su momento destruirá a los estados civilizados.


(Huida al Norte, Klaus Mann) 

notas sobre "Sexo y Carácter"





            Ninguna amistad entre los hombres está totalmente desprovista de un elemento de sexualidad por muy penoso que esto resulte al pensamiento y aunque parezca contrario a la idea de amistad. Nuestro aserto se confirma al observar que jamás se produce una amistad entre dos hombres cuando su aspecto exterior no ha hecho nacer alguna simpatía, indispensable para que se produzca un acercamiento entre ellos. La “popularidad”, la protección, el nepotismo, dependen en buena medida de tales tendencias sexuales, muchas veces inconscientes.


... Todavía en el año 1900, un profesor de psiquiatría de una universidad alemana propuso seriamente castrar a los homosexuales.


... A pesar del clamor hoy tan en boga de la existencia de derechos diferentes según las distintas individualidades, sólo rige una ética para todos los humanos, de igual modo que sólo hay una lógica y no varias lógicas.


... Mientras la exposición hecha puede ser suficiente para todas las mujeres invertidas, hay que reconocer que se encuentran muchos hombres con debilísimas características femeninas que, sin embargo, quedan impresionados por sujetos del mismo sexo mucho más fuertemente que otros mucho más afeminados que ellos, impresión que puede ser producida por hombres muy varoniles y ser más marcada que la ejercida por una mujer. Albert Moll afirma con razón: “Existen hermafroditas psicosexuales que se sienten atraídos por ambos sexos, pero en cada sexo sólo aman las propiedades típicas de él, y , por otra parte, se encuentran hermafroditas psicosexuales que precisamente no aman esas cualidades típicas de cada sexo, las cuales, por el contrario, les resultan indiferentes o incluso les producen repugnancia.” En esta diferencia se basa la distinción entre homosexualidad y pederastia establecida en el título de este capítulo. La separación de ambos conceptos está perfectamente fundada: se denomina homosexualidad aquel tipo de “pervertidos” que prefieren hombres muy teleidos y mujeres muy arrenoides, de acuerdo con la mencionada ley, mientras que el pederasta, por el contrario puede amar hombre muy varoniles, pero igualmente mujeres muy femeninas, esta última en tanto que no es pederasta. De todos modos la tendencia hacia el sexo masculino sería en él más fuete y más profunda que la que le lleva hacia el femenino. La cuestión de los fundamento de la pederastia constituye un problema por sí, y queda completamente aparte de esta investigación.
(Teleidos
Arrenoides)


... una luz entre las tinieblas en que todavía están envueltas para la ciencia las diferencias psicológicas entre los diferentes individuos.


... ¿Cuánto tiene de hombre y cuánto tiene de mujer un individuo? ¿ha sido él o ella quien en aquel individuo ha hecho, dicho o pensado tal o cual cosa?


... Cada individuo varía u oscila dentro de sí mismo entre la masculinidad y la feminidad, y aunque tales oscilaciones son anormalmente grandes en unos casos y extraordinariamente pequeñas y hasta inapreciables en otro, existen siempre y se manifiestan, cuando son de alguna importancia, incluso por la modificación del aspecto corporal del sujeto en cuestión. Estas oscilaciones de la característica sexual, semejante a la del magnetismo terrestre se dividen en regulares e irregulares. Las oscilaciones regulares son oscilaciones pequeñas, por ejemplo, algunos hombres se sienten más varoniles por la tarde que por la mañana, o entran dentro del terreno de los grandes periodos de la vida orgánica, a los cuales se ha prestado hasta ahora poca atención, auque parecen estar llamados a arrojar una nueva luz sobre numerosos fenómenos. Las oscilaciones irregulares son provocadas probablemente por causas externas, especialmente por el carácter sexual de las restantes personas.


(Sexo y Carácter, Otto Weininger) 

miércoles, 6 de junio de 2012

Para una moral del pensamiento




lo sabía sin embargo muy bien. “Quien intenta mediar entre dos pensadores audaces –dice en la Gaya ciencia–, se identifica como mediocre: carece de ojos para ver lo único; el andar buscando parecidos y similitudes es característico de los ojos débiles”… Hoy no se le pide al pensador sino que sepa estar en todo momento en las cosas y fuera de las cosas. El gesto de Münchhausen tirándose de la coleta para salir del pozo se convierte en esquema de todo conocimiento que quiere ser más que comprobación o proyecto. Y aún vienen los filósofos a sueldo y nos reprochan la falta de un punto de vista sólido.

(Minima Moralia, T. W. Adorno) 

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